SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS -2026-


Queridos hermanos:
Hoy celebramos una de las fiestas más hermosas y consoladoras de toda la vida de la Iglesia: la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Y cuando hablamos del Corazón de Jesús no estamos hablando simplemente de una imagen piadosa o de una devoción más entre tantas. Estamos hablando del centro mismo del Evangelio. Estamos hablando del amor de Dios por cada uno de nosotros.

Hay una imagen que nos ayuda a comprender mejor este misterio: el agua. Y en estos días, cuando comienzan las lluvias en nuestra tierra, todos entendemos bien lo que significa el agua. Después de meses de calor y sequedad, la lluvia cae sobre los campos, refresca el ambiente, llena los ríos y hace brotar nuevamente la vida. Donde parecía haber aridez, vuelve a aparecer el verdor.

Algo parecido ocurre en la vida espiritual.

A lo largo de la historia muchos cristianos han tenido dificultad para comprender el verdadero rostro de Dios. Algunos han insistido tanto en la justicia divina que han terminado presentando a un Dios lejano y severo. Otros han subrayado tanto la misericordia que han olvidado la llamada a la conversión. Ya en el siglo XVII esta tensión estaba muy presente dentro de la Iglesia. Fue entonces cuando el Señor quiso intervenir de una manera especial.

Jesús se apareció a Santa Margarita María de Alacoque y le mostró su Corazón rodeado de llamas, un Corazón herido y abierto, ardiendo de amor por la humanidad. Era como si quisiera decirle al mundo entero: "Miren cuánto los amo. Miren hasta dónde llega mi amor por ustedes".

Y ese Corazón abierto nos recuerda inmediatamente otro momento del Evangelio: cuando el soldado atravesó el costado de Cristo en la cruz y brotaron sangre y agua. Los Padres de la Iglesia vieron en aquella agua el símbolo de los sacramentos y de la gracia que nace del corazón mismo de Cristo. Es una fuente que nunca se agota. Es el amor de Dios derramándose sobre la humanidad.

Por eso la devoción al Sagrado Corazón nos recuerda una verdad fundamental: Dios es amor. No nos ama porque seamos buenos; nos ama primero. No nos ama porque lo merezcamos; nos ama porque esa es su naturaleza. Como dice san Juan, hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.

Y precisamente ahí está la cuestión: creer en el amor de Dios. Porque una cosa es saberlo con la cabeza y otra muy distinta vivir convencidos de ello.

A veces nuestra alma se parece a una tierra reseca. Las preocupaciones, los problemas económicos, las enfermedades, las tensiones familiares, las incertidumbres sobre el futuro o sobre nuestro país pueden ir endureciendo el corazón. Y entonces aparece el desánimo, la tristeza o la sensación de que Dios está lejos.

Pero el amor de Dios es como la lluvia. No siempre llega de la manera que esperamos, pero llega. A veces es una lluvia suave, casi imperceptible: una palabra que nos anima, una persona que nos ayuda, una oración que nos devuelve la paz. Otras veces es una lluvia abundante de bendiciones que transforma completamente una situación. Pero siempre es Dios quien toma la iniciativa. Igual que la lluvia baja del cielo hacia la tierra, la misericordia de Dios desciende hasta nosotros.

La gran enseñanza de esta fiesta es la confianza.

Por eso los cristianos hemos repetido durante generaciones una sencilla jaculatoria que encierra una profunda profesión de fe: "Sagrado Corazón de Jesús, en Tí confío".

Confío cuando entiendo tus planes y cuando no los entiendo. Confío cuando siento tu cercanía y cuando experimento tu silencio. Confío cuando camino con seguridad y también cuando apenas puedo dar un paso más. Confío porque sé que me amas.

Y esta confianza no nace de una ilusión ingenua. Nace de la experiencia. Si miramos nuestra propia historia, seguramente descubriremos momentos en los que algo que parecía una desgracia terminó siendo una bendición. Situaciones que en su momento nos hicieron sufrir profundamente y que después comprendimos que habían sido una oportunidad para crecer o acercarnos más a Dios.

El Corazón de Jesús nos invita a recordar todo eso. Nos invita a hacer memoria de las veces que el Señor nos sostuvo cuando pensábamos que ya no podíamos continuar. Nos invita a reconocer que nunca nos ha abandonado.

Pero esta fiesta también nos enseña algo más. El amor verdadero siempre pide una respuesta. Cuando una persona se siente profundamente amada, no debería aprovecharse de ese amor; debería agradecerlo. Y eso mismo ocurre con Dios.

La misericordia divina no es una licencia para vivir de cualquier manera. El amor de Dios no es una excusa para permanecer en el pecado. Al contrario, cuanto más descubrimos cuánto nos ama el Señor, más deseamos corresponderle. El amor se paga con amor. La gratitud se convierte en conversión, en servicio y en deseo de vivir según el Evangelio.

Y cuando las tormentas de la vida se hacen más fuertes, cuando la lluvia deja de ser una llovizna suave y se convierte en aguacero, también entonces encontramos refugio en el Corazón de Cristo. Porque el Sagrado Corazón no es una imagen inmóvil; es un corazón que sigue latiendo por nosotros, que conoce nuestros sufrimientos y que jamás abandona a quienes se refugian en Él.

Por eso quisiera terminar invitándolos a repetir desde lo más profundo del corazón esta oración sencilla que tantos santos han pronunciado antes que nosotros:
Cuando tenga miedo, en Tí confío.
Cuando me visite el sufrimiento, en Tí confío.
Cuando vea mis pecados y mis debilidades, en Tí confío.
Cuando rece por mi familia, por mis hijos, por Venezuela y por el futuro, en Tí confío.

Porque sé que tu Corazón jamás deja de amar y jamás abandona a quienes ponen su esperanza en Ti.
Sagrado Corazón de Jesús, en Tí confío. Amén. :::

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