I DOMINGO DE CUARESMA -Ciclo A-

Domingo 22 / Feb
Mt 4, 1-11
“Cristo ha vencido al demonio”

Hermanos, comenzamos hoy el primer Domingo de Cuaresma. Entramos en uno de esos tiempos “fuertes” de la Iglesia. Fuerte, porque es grande el misterio que se acerca: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Y fuerte también porque se nos pide decisión: luchar contra el mal, volver el corazón a Dios, ser más solidarios con los que sufren.

Pero hoy la Iglesia no quiere que miremos primero nuestros esfuerzos. Quiere que miremos a Cristo.

El Evangelio nos lleva al desierto: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo”. Dos protagonistas: Jesús… y el tentador.

No es un tema cómodo. Pero es profundamente real. Vivimos en un mundo tecnológico, moderno, “racional”… y al mismo tiempo lleno de supersticiones, horóscopos, amarres, brujerías, pactos extraños. 
En nuestra propia Venezuela, cuántas personas —incluso bautizadas— cuando tienen un problema no van primero a la confesión, sino a que “les lean algo”, “les hagan algo”, “les quiten algo”.

Es curioso: cuando se pierde la fe, no desaparece el diablo… cambia de disfraz.

Ahora bien, la pregunta más importante no es si el demonio existe. La pregunta central es otra: ¿quién es más fuerte?
Y la respuesta del Evangelio es clara: Cristo ha vencido.

En el desierto, Jesús no dialoga interminablemente con el mal. No hace espectáculos. No dramatiza. Responde con la Palabra de Dios. Permanece firme. Y el diablo se retira.

La Carta a los Hebreos lo dice con fuerza: Cristo vino para “reducir a la impotencia al que tenía el dominio sobre la muerte” y para liberar a los que vivían esclavizados por el miedo.
El demonio, hermanos, vive del miedo.
Cristo vive del amor.
Y el amor es más fuerte.

Un Padre de la Iglesia decía algo muy gráfico: después de Cristo, el diablo es como un perro amarrado. Puede ladrar, puede hacer ruido… pero si uno no se acerca, no puede morder.

Eso cambia totalmente la perspectiva. Nosotros no somos víctimas indefensas en un campo de batalla cósmico entre dos fuerzas iguales. No. Jesús es el Señor. El único Señor.

Entonces, ¿dónde está la verdadera lucha?
La verdadera lucha no suele ser espectacular. No es de película. Es interior. Es silenciosa. Es cotidiana.

Es cuando en el desierto de nuestra vida escuchamos:
— “Resuelve como sea.”
— “No seas tonto, todos lo hacen.”
— “Devuelve mal por mal.”
— “Dios no te está escuchando.”
Ahí está el combate.

San Francisco de Asís —un hombre equilibrado, alegre, concreto— confesaba que sufría fuertes tentaciones y combates interiores. Los santos no lucharon contra fantasías. Lucharon contra el mal real. Pero nunca se dejaron dominar por el miedo. Porque sabían que Cristo ya había vencido.
Y aquí quiero detenerme en algo muy práctico.

Hay dos errores frecuentes.
El primero: culpar al demonio de todo.
“Yo no fui… fue la serpiente.” Como Eva.
Eso nos evita asumir responsabilidad. Muchas veces el problema no es el diablo; es mi orgullo, mi resentimiento, mi falta de oración.

El segundo error: verlo en todas partes.
Exagerar. Dramaticar. Vivir obsesionados. Eso tampoco es cristiano. Satanás es más discreto de lo que imaginamos. Prefiere el anonimato.

Por eso la Iglesia es muy prudente. Los exorcismos no son espectáculo. Son un ministerio serio, reservado, bajo la autoridad del obispo. Y siempre se descartan primero causas psicológicas o médicas. La fe no es ingenuidad.

Pero hay algo que todos sí podemos y debemos hacer: rezar.
En el Padre Nuestro pedimos cada día: “Líbranos del maligno”.
Y Jesús dijo que ciertas batallas sólo se vencen con oración.

En ambientes escolares, a veces por juego o presión, algunos jóvenes son introducidos en prácticas oscuras, retos, pactos simbólicos. Luego vienen los miedos, las angustias nocturnas, el terror. Si alguna vez sospechan algo así, no dramaticen. Hablen con sus hijos. Escúchenlos. Si el muchacho habla, el chantaje se rompe. Y sobre todo, llévenlo a Cristo. La confesión es más fuerte que cualquier oscuridad.

Porque esta es la gran noticia del primer Domingo de Cuaresma: no comenzamos la Cuaresma desde el miedo, sino desde la victoria.

Jesús no fue al desierto para demostrar que el mal es fuerte. Fue para demostrar que el amor obediente al Padre es más fuerte.

En Venezuela sabemos lo que es el miedo: miedo al futuro, a la inflación, a la violencia, a la incertidumbre. Pero el miedo no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Cristo.

Y si Él venció en el desierto, también puede vencer en el desierto de tu matrimonio, de tu hogar, en el desierto de tu economía, en el desierto de tu fe cansada.

Esta Cuaresma no la vivamos obsesionados con el enemigo. Vivámosla centrados en el Señor.
Ayunemos, sí.
Convirtámonos, sí.
Luchemos, sí.
Pero con una certeza en el corazón:
Cristo ha vencido.
Y con Él, nosotros también venceremos.
Amén.

Entradas más populares de este blog

Algo de mi, 25 antes y después.-

GRACIAS VIRGEN DE LA CABEZA