DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO -Ciclo A-

Domingo 14 / Jun
Mt 9, 36-10, 8
«Llamando a sus doce discípulos, los envió»

Hay una palabra en el Evangelio de hoy que merece que nos detengamos un momento. Dice que Jesús, al ver a la multitud, "se compadeció de ella". En el original griego se usa un verbo muy particular —esplanchnísthe— que describe algo que sucede en las entrañas, algo visceral, casi físico. Es la misma vibración que siente una madre cuando percibe por primera vez el movimiento de su hijo en el vientre. Así reacciona Jesús ante la gente cansada, dispersa, sin rumbo. No con lástima fría, sino con una conmoción profunda desde adentro.
Esa es la imagen de Dios que nos propone el Evangelio hoy: no un Dios indiferente que mira desde lejos, sino un Dios que se estremece por dentro al vernos.
Y desde esa compasión, Jesús actúa. Pero de una manera que a veces nos sorprende: antes de enviar a nadie, antes de organizar nada, dice: "Rueguen al dueño de la cosecha que envíe trabajadores." Es decir, primero, oren. No porque Dios no sepa lo que falta —lo sabe mejor que nosotros—, sino porque al pedírselo, nos volvemos sensibles a lo que Él siente. Entramos en su corazón. Nos hacemos cómplices de su compasión.
Y entonces sí elige a los Doce y los envía. Y aquí viene algo que me parece hermoso y muy consolador: miren a quiénes elige. Pedro, que lo va a negar tres veces. Mateo, el cobrador de impuestos, el que colaboraba con los ocupantes romanos. Simón el Cananeo, el del temperamento revolucionario. Judas, el que lo va a traicionar. Pescadores sin estudios, sin influencias, con historias complicadas. Personas comunes. Pecadores como nosotros.
El único vínculo que los une no es su virtud ni su talento: es la llamada del Señor.
Eso es una buena noticia para cada uno de nosotros. Dios no llama a los perfectos. Llama a los disponibles. Llama a los que, a pesar de sus limitaciones y sus caídas, dicen que sí.
Y a esos les dice: "Lo que han recibido gratis, entréguenlo también gratis." Todo lo que somos, todo lo que tenemos, es un don. La fe que nos dieron, el amor que recibimos, la misericordia que nos alcanzó cuando la necesitábamos. Nada de eso es mérito propio. Y precisamente por eso podemos darlo sin miedo, sin cálculo, sin esperar que nos lo devuelvan.
La cosecha es abundante y los obreros son pocos. Eso no es solo el problema de hoy: es así desde el principio. Pero quizás ese desequilibrio tiene un sentido: para que la misión no se apoye en las propias fuerzas, sino en la confianza en Dios. Para que quien es enviado no sea signo de sí mismo, sino signo del corazón compasivo de Jesús.
Hoy, el Señor nos mira a nosotros con esas mismas entrañas de compasión. Y nos dice: la mies es grande. ¿Quién va?
Tiempo estimado: 5–6 minutos.

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GRACIAS VIRGEN DE LA CABEZA

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