SANTÍSIMA TRINIDAD -2026-
Mateo 28, 16-20
En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Queridos hermanos y hermanas:
San Pablo termina su carta a los corintios con un saludo que nos resulta muy familiar: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros." Tres nombres. Tres personas. Un solo Dios.
Hoy celebramos ese misterio.
Y quizás alguno piense: "Padre, ¿por qué tenemos que hablar de algo tan difícil de entender?" Tiene razón en que es difícil. Pero permítame decirle algo: la Trinidad no es un misterio lejano y frío. Es el misterio más cercano a su vida.
Un misterio más grande que nosotros
San Agustín, uno de los más grandes pensadores de la Iglesia, paseaba un día por la playa tratando de entender cómo Dios podía ser uno y trino al mismo tiempo. De repente vio a un niño que, con una pequeña concha, sacaba agua del mar y la echaba en un agujero en la arena. Agustín se acercó y le preguntó qué hacía. El niño respondió: "Quiero meter el mar en este agujero." Agustín sonrió y le dijo: "Eso es imposible." Entonces el niño lo miró y le respondió: "Y tú, ¿crees que puedes meter a Dios en el pequeño agujero de tu inteligencia?"
Ese niño le dio la lección más grande de su vida.
Hay cosas que no entendemos del todo, y eso está bien. Yo conduzco un automóvil sin entender exactamente cómo funciona el motor. Uso una computadora sin saber cómo está construida por dentro. Si no puedo entender del todo lo que han creado los hombres, ¿cómo voy a entender del todo a Quien lo ha creado todo? Si pudiéramos comprender a Dios completamente, sería señal de que ese Dios es una fabricación nuestra.
Tenemos que aprender a aceptar el misterio con humildad. Pero aceptarlo no es resignarse. Es abrir los brazos a algo más grande que nosotros.
Dios es Amor — y eso lo explica todo
Entonces, ¿por qué los cristianos creemos que Dios es uno y trino? ¿No sería más sencillo creer simplemente en un Dios único?
La respuesta es hermosa: creemos en la Trinidad porque creemos que Dios es Amor. No que Dios tiene amor, o que Dios ama a veces. La Biblia dice algo mucho más radical: Dios es amor (1 Juan 4,8).
Ahora bien, piénsenlo un momento. El amor necesita a alguien a quien amar. No hay amor en el vacío. Entonces nos preguntamos: antes de crear el mundo, antes de que existieran los hombres, ¿a quién amaba Dios para ser llamado Amor? Si Dios hubiera estado solo desde la eternidad, el amor sería imposible. Pero Dios no ha estado nunca solo. Desde siempre, el Padre ama al Hijo, el Hijo se deja amar por el Padre, y el amor que se tienen es tan real, tan vivo, tan desbordante, que es también una Persona: el Espíritu Santo.
La Trinidad no es una fórmula matemática. Es la historia de amor más antigua del universo: un amor que existe desde antes de que el tiempo comenzara.
Un misterio cercano a nuestra vida
Pero hay algo más. Este Dios que es amor dentro de sí mismo no se quedó encerrado en sí mismo. San Juan nos lo dice con claridad en el Evangelio: "Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único."
El Padre envía al Hijo. El Hijo desciende hasta nosotros, hasta nuestra pobreza, hasta nuestra fragilidad, hasta la muerte misma, para buscarnos y traernos de regreso. Y cuando el Hijo sube al cielo, nos envía al Espíritu Santo, el mismo amor que une al Padre con el Hijo, para que viva ahora dentro de nosotros.
¿Se dan cuenta? La Trinidad no es algo que ocurre lejos de nosotros. Nosotros somos el motivo por el que el amor de Dios salió de sí mismo. Fuimos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Somos el templo del Espíritu. La Trinidad habita en nosotros.
La lección para nuestra vida
Este misterio tiene también una enseñanza muy concreta para el día a día.
En la Trinidad, el Padre no quiere que el Hijo sea igual a Él. El Hijo no quiere que el Espíritu desaparezca. Cada persona es distinta, y sin embargo están perfectamente unidas. Las diferencias no los separan, los enriquecen. Lo que los une no es la uniformidad, sino el amor.
¿Cuántas veces en nuestra familia, en nuestra comunidad, queremos que los demás sean exactamente como nosotros? Que nuestra esposa piense igual que nosotros. Que nuestros hijos adolescentes vivan como nosotros vivimos. Que los mayores de la casa se muevan a nuestro ritmo. Y cuando no lo hacen, nos frustramos.
La Trinidad nos enseña algo diferente: aprende a respetar las diferencias legítimas. La diferencia no es un problema. Es un don de Dios que nos enriquece. Lo que nos une es el amor, no la uniformidad.
Enviados como el Hijo
Jesús, antes de subir al cielo, nos deja una misión: "Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo."
Somos enviados. Como el Padre envió al Hijo, el Hijo nos envía a nosotros. ¿A dónde? No necesariamente al otro lado del mundo. A nuestra familia, a nuestro trabajo, a nuestro barrio. A cualquier persona que todavía no sabe que Dios la ama.
Cuenta una historia que cuando unos misioneros llegaron a anunciar el Evangelio a una tribu, las personas escucharon con atención. Pero cuando comprendieron todo el mensaje de salvación, le preguntaron a los misioneros: "¿Y cómo es posible que después de dos mil años recién vengan a contarnos esto?" Esa pregunta nos interpela a todos. ¿Nos creemos de verdad este mensaje? Porque si nos lo creyéramos del todo, no podríamos callarlo.
Hermanos, cada vez que hacemos la señal de la cruz estamos diciendo, sin palabras, la historia más grande del universo: el Padre nos amó, el Hijo nos rescató, el Espíritu nos habita.
Eso es la Trinidad. No una abstracción. Sino un amor que busca a cada uno de nosotros, que desciende hasta donde estamos, y que nos lleva consigo hacia la vida eterna.
Que el Señor nos bendiga y nos proteja: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.