LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Domingo 17 / May
Mt 28, 16-20
«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra»

Qué alegría encontrarnos hoy en esta fiesta que pocos conocen bien, pero que lo cambia todo. Hoy no celebramos una despedida. 
Celebramos la mayor noticia de esperanza que existe: Jesús no se fue lejos. Se acercó más que nunca.

Hermanos, seamos honestos. Cuando de niños nos explicaron la Ascensión, muchos nos quedamos con una imagen: Jesús subiendo entre nubes, los apóstoles mirando hacia arriba, y una especie de silencio triste. Como si el Señor hubiera dicho "hasta luego" y se hubiera marchado a algún lugar muy lejano del universo.

Pero eso no es lo que celebramos hoy.
Cuando la Biblia habla del "cielo" —lo que está arriba, más allá de las nubes— no está hablando de un lugar en el espacio. Está hablando de la dimensión de Dios. De lo que está más allá de nuestro mundo de espacio y tiempo. Y Jesús, al ascender, no viajó lejos. Fue elevado a esa dimensión. Y desde allí —paradójicamente— está más cerca de nosotros que cuando caminaba por los caminos de Galilea.

Piensen en esto: si un amigo nuestro está en otra ciudad, podemos llamarlo por teléfono, pero hay una distancia real. En cambio, el aire que respiramos ahora mismo está dentro de nosotros. No está lejos. Está íntimamente presente. 

Algo así —pero infinitamente más profundo— es lo que ocurrió con la Ascensión. Jesús pasó de estar cerca a estar dentro de la historia, presente en todo lugar, en todo momento, guiando a su Iglesia desde esa posición elevada.

Y hay algo que quiero que se lleven grabado hoy.

Lo que Jesús llevó consigo al cielo no fue solo su divinidad. Llevó su humanidad. Llevó carne. La misma naturaleza que tomó en el vientre de María, que sufrió hambre y cansancio, que fue clavada en una cruz. Esa humanidad está ahora en la dimensión de Dios. Y eso, hermanos, es nuestra esperanza.

San Pablo lo dice hoy en la carta a los Efesios: Dios resucitó a Cristo y lo sentó a su derecha, "por encima de todo principado y potestad". Jesús ascendió como el primero de una nueva humanidad. El primero de muchos. El que abrió el camino adonde todos estamos llamados a llegar.

¿Cuántos de nosotros hemos perdido a alguien amado? ¿Cuántos llevan en el corazón el peso de una separación, de un familiar que se fue lejos, de alguien que ya no está?

La Ascensión es la respuesta de Dios a ese dolor: donde fue Él, iremos nosotros. No esperamos un escape del mundo. Esperamos la resurrección —que esta vida nuestra, concreta, sea elevada y transfigurada, como Él fue elevado.

Y una última cosa, que transforma para siempre la manera de ver la Misa.
La carta a los Hebreos nos revela que Cristo ascendido presenta eternamente su sacrificio ante el Padre en el templo celestial. No quedó archivado en el pasado. Está sucediendo ahora. Y la Misa —cada Misa— es el lugar donde el cielo toca la tierra. Donde nos unimos a ese sacrificio eterno del Hijo.

Por eso el altar no es solo una mesa. Es un punto de contacto con el Señor vivo. La próxima vez que estén aquí, quizás distraídos o cansados, recuerden: están parados en el umbral entre el cielo y la tierra. El Cristo ascendido los está esperando.

Los ángeles les dijeron a los apóstoles: "¿Qué hacen mirando al cielo?" No es momento de quedarse estáticos. Hay una misión. Hay un mundo que necesita el Evangelio. Y el Señor ascendido va delante de nosotros.

Esta semana, al entrar a la Iglesia a visitar a Jesús en el Sagrario, o a participar en la Santa Misa, hagan una pausa de un momento —solo un momento— y digan en su corazón: "Señor, vengo a encontrarme contigo. No a cumplir un rito. A tocarte." 

Que la Ascensión deje de ser una fiesta lejana y se convierta en la certeza que los sostenga cada día: Jesús no se fue. Está más cerca. Y nos espera.
¡Que Dios nos bendiga!

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