FIESTA DE JESUCRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE -2026-

Jueves 28 / May
Mt 26, 36-42
«Mi alma siente tristeza de muerte»
Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote 

Hoy la Iglesia celebra una fiesta profundamente hermosa: Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Y lo primero que debemos recordar es esto: solo Cristo salva. Solo Cristo redime. Solo Cristo es el verdadero Sacerdote.

Él no ofrece un animal en sacrificio, como ocurría en la antigua alianza. Él se ofrece a sí mismo. Cristo es sacerdote y víctima; altar y ofrenda. El inocente que carga con nuestros pecados. El Cordero llevado al matadero por amor.

Y el Evangelio de hoy nos lleva al huerto de Getsemaní, quizá uno de los momentos más conmovedores de toda la vida de Jesús. Allí vemos al Señor angustiado, triste, temblando ante el sufrimiento que se acerca: la traición, la tortura, la cruz, la muerte.

Y Jesús reza. Le dice al Padre: “Abba”, es decir, “Papá”. Y le suplica: “Si es posible, que pase de mí este cáliz”.

Eso nos enseña algo muy importante: es legítimo pedirle a Dios que nos libre del sufrimiento. No es falta de fe decir: “Señor, ayúdame”, “Señor, quita esta cruz”, “Señor, ya no puedo más”. El mismo Jesús lo hizo.

A veces pensamos que ser fuertes es buscar el sufrimiento o desearlo. Pero Cristo no hizo eso. Él pidió que el cáliz pasara. Y nosotros también podemos hacerlo.

Pero inmediatamente añadió: “Que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Es decir: “No entiendo por qué permites esto, Señor, pero confío en que me amas. Y si esta cruz permanece, dame la fuerza para llevarla contigo”.
Ahí está la verdadera fe.

Pero el Evangelio también nos muestra otra cosa muy humana y muy hermosa: Jesús pide compañía. El Hijo de Dios quiso necesitar de sus amigos. Llama a Pedro, Santiago y Juan y les dice: “Quédense aquí conmigo”.

Jesús necesita oración. Necesita amor. Necesita compañía.
Y eso sigue ocurriendo hoy.
Jesús, presente en el sagrario, sigue esperando corazones que quieran acompañarle. Cuántas veces el Señor está solo… Y no porque no haya gente en las iglesias, sino porque faltan almas que amen.

Ir al sagrario es ir a consolar a Cristo. Es decirle: “Señor, no quiero dejarte solo”.

Y Jesús sigue sufriendo también en sus hijos: en los enfermos, en los perseguidos, en los pobres, en quienes viven en soledad, en quienes lloran en silencio.

Pero hay todavía algo más profundo.
El Señor no solo nos pide oración; también nos pide nuestro sufrimiento.
Esto cuesta entenderlo en un mundo que solo valora la fuerza, la juventud, la productividad. El mundo piensa que quien sufre ya no sirve.

Pero Cristo dice lo contrario.
Cuando un enfermo ofrece su dolor; cuando un anciano ofrece su soledad; cuando alguien soporta una humillación unido a Cristo; cuando una persona carga su cruz sin perder la fe… esa persona está colaborando con la redención.

No porque a la cruz de Cristo le falte algo —su sacrificio fue perfecto y suficiente—, sino porque el Señor nos permite unir nuestra pequeña gota a su océano de amor.

Por eso, nadie es inútil cuando sufre unido a Cristo.
No eres inútil en una cama.
No eres inútil en la enfermedad.
No eres inútil en la pobreza.
No eres inútil en la ancianidad.

Si unes tu cruz a la de Jesús, tu sufrimiento tiene un valor inmenso.
Qué distinto es esto de la lógica del mundo.
Lo que el mundo desprecia, Dios lo convierte en tesoro.

Los apóstoles se durmieron en Getsemaní, y el Evangelio dice que unos ángeles vinieron a consolar a Jesús.
Que nosotros no seamos de los que duermen. Que seamos esos ángeles que acompañan al Señor.

Aunque podamos ofrecerle poco. Aunque nuestra oración sea pobre. Aunque nuestro sufrimiento sea silencioso y escondido.

Decirle hoy al Señor:
“Lo poco que tengo es tuyo.
Lo poco que valgo, Señor, es para ti.
Y esta cruz que llevo, unida a la tuya, quiero ofrecerla por amor”.
Que así sea.

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