VIERNES SANTO 2026

Viernes 03 / Abr
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan 
Las cinco heridas.

Hermanos, hoy la Iglesia no empieza con cantos.
No hay gloria, no hay campanas, no hay alegría exterior.
Hoy todo es sobrio… silencioso… casi pesado.

Y no es casualidad.
Porque hoy no venimos a “escuchar misa” como cualquier día.
Hoy venimos a ponernos de pie frente al misterio del dolor.
Hoy venimos a mirar la cruz sin evasiones.

Y si somos sinceros… eso cuesta.
Porque todos nosotros, de una forma u otra, estamos cansados del dolor.
Cansados de luchar.
Cansados de cargar cosas por dentro que nadie ve.

Hoy traemos aquí nombres concretos…
historias reales…
lágrimas que no siempre se han podido expresar.

Traemos a la familia que está lejos.
Traemos la preocupación por el futuro.
Traemos el cansancio de empezar cada día sin saber si alcanzará.
Traemos heridas viejas… y heridas recientes.

Y también —por qué no decirlo—
traemos preguntas.
Señor, ¿dónde estás?
¿Hasta cuándo?
¿Por qué tanto peso?

Pero hoy no venimos solo a traer eso.
Hoy venimos a descubrir algo más grande:
que Dios no se ha quedado lejos del sufrimiento…
sino que ha entrado en él.
Y lo ha hecho hasta el fondo.

La cruz no es un símbolo bonito.
La cruz es la prueba de que Dios se metió en lo más duro de la vida humana.
En la traición.
En el dolor.
En la impotencia.
En la duda.
En el aparente fracaso.

Por eso, cuando miramos a Cristo crucificado…
no estamos viendo a alguien lejano.
Estamos viendo a alguien que nos entiende desde dentro.
Y si uno mira con sinceridad la vida —la vida real, la de nuestro pueblo—
descubre que Venezuela también está llena de llagas.
Y entonces entendemos mejor a Cristo.

La primera llaga: la traición.
¿Quién no ha sido traicionado alguna vez?
¿Quién no ha confiado en alguien… y le ha fallado?
Promesas que no se cumplen.
Palabras bonitas… pero vacías.
Gente que dice “estoy contigo”… y desaparece cuando más la necesitas.
Y también nosotros…
¿Cuántas veces le hemos dicho a Dios “confío en ti”… y después vivimos como si no existiera?
Jesús sabe lo que es eso.
A Él también lo vendieron. También lo negaron. También lo dejaron solo.
Por eso hoy te dice:
“Aunque todos te fallen… yo no te voy a fallar.”

La segunda llaga: el dolor.
Aquí no hace falta explicarlo mucho…
Dolor de un padre que no consigue medicinas para su hijo.
Dolor del que se levanta a trabajar y no le alcanza.
Dolor del que se ha tenido que despedir de su familia en un aeropuerto.
Dolor del enfermo… del anciano… del que se siente olvidado.
Ese dolor que cansa. Que desgasta. Que a veces te quita hasta las ganas de seguir.
Cristo también pasó por ahí.
Y no lo hizo desde lejos… lo hizo en carne propia.
Por eso, cuando tú sufres, Él no te mira desde arriba…
Él te dice:
“Yo estoy aquí contigo, en la cruz.”

La tercera llaga: la impotencia.
Y esta duele mucho…
Querer ayudar… y no poder.
Ver a un hijo equivocarse… y no poder detenerlo.
Ver cómo el país se cae a pedazos… y sentir que uno no puede hacer nada.
Esa sensación de tener las manos atadas.
Así estaba Jesús en la cruz.
El que podía hacerlo todo… decidió quedarse ahí, sin defenderse.
Y desde ahí nos enseña algo fuerte:
no todo se soluciona con poder… hay cosas que solo se redimen con amor y con entrega.

La cuarta llaga: la duda.
“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Esa frase… también la hemos dicho nosotros.
Cuando no entiendes lo que está pasando.
Cuando rezas… y parece que Dios guarda silencio.
Cuando preguntas “¿hasta cuándo?”… y no hay respuesta.
Y ahí, en ese momento, la fe tiembla.
Pero escúchalo bien:
Jesús también sintió eso.
O sea… dudar no te hace menos creyente.
Quedarte en la duda, sí.
Por eso, incluso en la oscuridad, Él sigue confiando.
Y hoy te dice:
“No sueltes la mano… aunque no entiendas.”

La quinta llaga: el fracaso.
Todo parece perdido.
Un proyecto que no salió.
Una familia que no funcionó.
Un país que parece no avanzar.
Una vida que uno siente que no dio lo que esperaba.
Y uno piensa:
“¿De qué sirvió tanto esfuerzo?”
Así terminó Jesús… aparentemente.
Solo. Derrotado. Fracasado.
Pero ese es el gran misterio de hoy:
lo que parece fracaso… en Dios es el comienzo de algo nuevo.

Hermanos, el Viernes Santo es duro.
Es real. No es un cuento.
Pero tampoco es el final.
La cruz no es el punto final… es una puerta.
Y cada llaga de Cristo es una puerta por donde nosotros también tenemos que pasar:

La traición… sin llenarnos de odio.
El dolor… sin perder la fe.
La impotencia… sin rendirnos por dentro.
La duda… sin soltar a Dios.
El fracaso… sin dejar de esperar.

Hoy Venezuela está en Viernes Santo.
Pero escúchalo bien:
no se queda ahí.
Porque donde hay un pueblo que sufre unido a Cristo… donde hay gente que sigue creyendo…
donde hay corazones que no se endurecen… ahí ya está empezando la Resurrección.

Así que hoy, delante de la cruz, no le pidamos a Dios que quite todas las heridas.
Pidámosle algo más profundo:
Señor, cuando me toque la traición… quédate conmigo, cuando me toque el dolor… abrázame, cuando me toque la impotencia… sosténme, 
cuando me toque la duda... ilumíname. y cuando sienta que todo fracasó… recuérdame que contigo… nada está perdido.
Porque si morimos contigo…
viviremos contigo.

Y eso… eso sí que nadie nos lo puede quitar.
Amén.

Entradas más populares de este blog

Algo de mi, 25 antes y después.-

GRACIAS VIRGEN DE LA CABEZA

I DOMINGO DE CUARESMA -Ciclo A-