VIERNES DE LA OCTAVA DE PASCUA -2026-

Viernes 10 / Abr
Jn 21, 1-14 
«Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado»

Estamos en la Octava de Pascua, meditando las distintas apariciones de Jesús resucitado. Cada una de ellas, siendo diferente, lleva el mismo mensaje central: Cristo ha resucitado, somos testigos de ello, y los apóstoles dieron la vida para testificarlo. Pero junto a este mensaje principal hay otros igualmente importantes. Fijémonos en los que nos ofrece la liturgia de hoy.

Lo primero que notamos es un gesto de solidaridad entre los apóstoles. Pedro dice que se va a pescar, y los demás responden: vamos contigo. Es verdad que los hijos de Zebedeo —Santiago y Juan— eran también pescadores y sería natural en ellos esa respuesta. Pero Tomás, Natanael y los otros discípulos cuyo nombre no se menciona, seguramente no lo eran. Es, pues, un acto de amor.

Y el Señor dijo: donde dos o más están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos. Donde hay amor, ahí está Dios. Cuando no hay unidad —en una comunidad religiosa, en una familia, en un país— Dios no está. Y cuando Dios no está, nunca existe el vacío: está el enemigo. El Señor se va a aparecer físicamente porque ya estaba espiritualmente, presente en la caridad que los apóstoles se tenían entre sí.
Cristo resucitado sigue siendo Dios… y sigue siendo hombre

La segunda enseñanza: Cristo resucitado también hace milagros. La pesca milagrosa que había realizado en otra ocasión —aquella que fue el motivo de la conversión de Pedro— la repite ahora como Señor resucitado. Era Dios, es Dios, siempre ha sido Dios. También en la cruz era Dios.

La tercera enseñanza es especialmente significativa: come. Cristo resucitado come. Come el pescado. Si ha resucitado, ¿cómo come? La enseñanza es precisa: no era un espíritu, no era una aparición, era realmente un hombre. Pero un hombre glorificado, transfigurado.

Por eso María Magdalena no lo reconoce al principio, hasta que Él la llama por su nombre —quizá porque la voz es lo que menos cambia con los años—, y ella se abraza a sus pies. Por eso Tomás mete el dedo en la herida de los clavos. Cristo resucitado es un ser vivo, no un fantasma, no una visión nebulosa.

Creo en la resurrección de la carne
Esta verdad nos habla directamente de nosotros mismos. Cuando resucitemos, resucitaremos también con nuestra carne. Así lo confesamos en el Credo: creo en la resurrección de los muertos, creo en la resurrección de la carne.
¿Cómo será nuestro cuerpo resucitado? No lo sabemos. ¿Tendremos el cuerpo del momento de la muerte? ¿El del bebé recién nacido? ¿El de los veinte o veinticinco años en la plenitud de la fuerza? ¿El cuerpo marcado por una enfermedad de toda la vida? No sabemos. Pero sabemos que habrá resurrección, que no solo nuestra alma sino también nuestro cuerpo resucitará, y que reconoceremos a los que murieron antes que nosotros, y ellos nos reconocerán a nosotros.

Una pequeña catequesis: resurrección no es reencarnación
Conviene aclarar esto hoy, porque hay mucha confusión. Los católicos no creemos en la reencarnación, de ningún modo.

La reencarnación es la creencia de que el alma pasa a otro cuerpo después de la muerte. Es una fe de origen hinduista, ligada al sistema de castas: si la persona no fue buena en esta vida —si no tiene lo que ellos llaman un karma fuerte—, al morir se encarnará en una casta inferior o incluso en un animal. Por eso las vacas son sagradas en la India: en la calle que pasa una vaca, alguien puede pensar que quizá es su madre que murió.

Del hinduismo pasa al budismo. En el budismo tibetano, el del Dalai Lama, la reencarnación se da siempre en otra persona, nunca en un animal. Por eso cuando el Dalai Lama muere, se investiga en qué niño se ha reencarnado, y si ese niño supera ciertas pruebas, se le reconoce como su sucesor. Pero es otra persona: no se parece en nada al que murió.

Algo de este pensamiento llegó a Occidente tras la conquista de la India por Alejandro Magno. Platón, el gran filósofo griego, llegó a decir que el cuerpo es la cárcel del alma. Para nosotros, no es así.

Para nosotros, el ser humano es cuerpo y alma. Mi cuerpo soy yo: único, irrepetible. Mi alma soy yo: única, irrepetible. La reencarnación desprecia al cuerpo, lo trata como una ropa que se pone y se quita, algo que no me define ni me pertenece en lo esencial. Y de ahí se sigue que las exigencias del cuerpo —incluidas las exigencias sexuales— quedarían fuera de la moral, sin vinculación verdadera con la persona. Nosotros no pensamos así.

Cristo nuestro Señor se encarnó en el seno de la Santísima Virgen María y se hizo hombre verdadero: cuerpo y alma. Y cuando resucita, sigue siendo cuerpo y alma, sigue siendo humanidad y divinidad en ese cuerpo glorioso, en ese cuerpo resucitado.

Demos gracias a Dios que nos ha enseñado esto y nos enseña a valorar nuestro cuerpo, a respetarlo, a cuidarlo, a no hacerle daño —porque ese cuerpo es, junto con mi alma, lo único que hace que yo sea yo, distinto a todos los demás, amado por Dios tal como soy.
Que así sea. Aleluya 

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