SABADO DE LA OCTAVA DE PASCUA -2026-

Sábado 11 / Abr
Mc 16, 9-15
Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio.

Estamos llegando al final de esta gran semana que ha sido como un solo día de fiesta: la octava de Pascua. Ocho días celebrando una misma noticia, repitiéndola casi con insistencia, como quien no quiere que se le olvide lo esencial: Cristo ha resucitado. Y mañana contemplaremos esa misma verdad bajo el rostro de la misericordia.

El Evangelio de hoy, tomado de Evangelio de San Marcos, nos deja una escena fuerte, incluso incómoda: Jesús resucitado reprende a sus apóstoles. No los consuela primero, no les da una palmada en la espalda… los corrige. Les echa en cara su incredulidad y su dureza de corazón.

Y esto llama la atención. ¿Por qué ese reproche?
No les regaña por no haber entendido teorías complicadas. No les regaña por debilidades humanas. Les regaña por algo muy concreto: no haber creído a los testigos de la Resurrección. Es decir, no haber creído que Él estaba vivo.

Aquí hay algo muy serio. Porque cuando alguien corrige, es porque hay un deber que no se ha cumplido. Y Jesús deja claro que creer en la Resurrección no es opcional. Es un deber.

Y esto nos toca directamente.
Porque también nosotros podríamos preguntarnos:
¿Tengo yo el deber de creer que Cristo ha resucitado?
La respuesta, desde el Evangelio, es clara: sí.

Y no es una fe ciega. Dios no nos pide apagar la razón. Dios nos pide quitarnos el sombrero o la gorra cuando entramos a Iglesia, no a quitarnos la cabeza, así decía Schesterton. Al contrario. Nuestra inteligencia puede reconocer la fuerza de ese testimonio: hombres que dieron la vida por afirmar que lo habían visto vivo. Que podían haberse retractado… y no lo hicieron. Que soportaron persecución, tortura y muerte.
¿No es eso suficiente para tomar en serio lo que dicen?

Pero Jesús no habla solo de la cabeza. Habla también del corazón. Porque no basta con que la fe sea razonable; tiene que ser también amada. El corazón tendría que arder cuando escucha: Cristo vive.
Y aquí viene el paso decisivo:
si Cristo ha resucitado… entonces todo cambia.

Entonces:
Dios es misericordioso con el pecador.
El mal no tiene la última palabra.
Y sobre todo: hay vida eterna.
Y esto no es una idea bonita. Es una verdad que tiene consecuencias. Es una verdad que exige que miremos la vida de otra manera.

Lo decía Santa Teresa de Jesús con una imagen tan sencilla como profunda:
La vida es como una mala noche en una mala posada… ¡y pasa rápido!”
Incluso cuando duele. Incluso cuando pesa. Todo pasa.

Por eso duele tanto —y esto lo experimentamos también hoy— no solo el sufrimiento de la gente, sino la falta de fe con la que muchas veces se vive ese sufrimiento. Se sufre… pero sin horizonte. Se llora… pero sin esperanza.
Y entonces la vida se vuelve más dura de lo que ya es.

Pero si hay vida eterna, entonces todo se ilumina distinto. Entonces incluso el dolor tiene sentido. Entonces incluso la muerte deja de ser un final.

Después de corregir a los apóstoles, Jesús les da una orden:
Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio.”
Y aquí conviene traducir bien: Evangelio significa buena noticia.
¿Y cuál es esa buena noticia?
No es una idea abstracta. No es un código moral. No es un conjunto de normas.
La buena noticia es esta, es un acontecimiento: 
Cristo ha resucitado. Hay vida eterna.
Eso es lo primero. Eso es lo fundamental. Eso es lo que cambia todo.

Como lo entendió perfectamente San Pablo: si Cristo no ha resucitado, todo es inútil. Pero si ha resucitado, entonces todo tiene sentido.
Y por eso tú y yo estamos enviados.
No hace falta haber visto a Cristo con los ojos para anunciarlo. Basta con creer en el testimonio. Basta con haber acogido esa verdad en el corazón.

Empieza por lo cercano:
•tu casa
•tus amigos
•tu ambiente de trabajo
No te preocupes si no te escuchan. Sigue anunciando. Porque el mundo necesita esta noticia más que nunca.
Y anúnciala así, con sencillez y convicción: No existe el adiós definitivo. Existe el “hasta luego”.
Porque hay vida eterna.

Recuerdo unos versos del sacerdote periodo español José Luis Martín Descalzo, escritos cuando sabía que iba a morir:
Morir solo es morir, morir se acaba…
es cruzar una puerta
y encontrar al que tanto se buscaba.”
Ahí está todo.
El problema no es morir.
El problema es cómo estamos viviendo.
•¿Estamos buscando a Cristo?
•¿Estamos viviendo para Él?
•¿Estamos aprendiendo a amar como Él?

Porque si lo buscamos en vida, lo encontraremos al cruzar esa puerta.
Hermanos, terminamos la octava de Pascua con una certeza que no puede quedarse en palabras:
Cristo vive.
Hay vida eterna.
Y esa es la mejor noticia que existe.
Que esa verdad llene nuestra mente, encienda nuestro corazón y transforme nuestra vida.
¡Que así sea! Amén y Aleluya 

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