SÁBADO DE GLORIA -VIGILIA PASCUAL- 2026
Sábado 04 / Abr
Mt 28, 1-10
«Ha resucitado y va por delante de vosotros a Galilea»
Hace algunos años, un médico de urgencias contó algo que lo marcó para siempre. Una noche llegó una paciente en paro cardíaco. La reanimaron. Cuando ella volvió en sí, lo primero que dijo no fue "¿dónde estoy?" ni "¿qué pasó?". Dijo, con una calma extraña: "Ya no le tengo miedo a nada."
El médico —no creyente— se quedó sin palabras. Años después, seguía pensando en esa frase.
Esa mujer había cruzado un umbral. Y había vuelto distinta.
Hermanos, lo que celebramos esta noche no es un recuerdo bonito. No es un aniversario religioso. Es el anuncio de que ese umbral existe, y que Jesús lo cruzó —de verdad, en carne, en historia— y volvió. No como fantasma. No como símbolo. Como el Viviente.
La Vigilia Pascual es la noche en que la Iglesia se atreve a decir lo que el mundo considera imposible: la muerte no tiene la última palabra.
Celebramos EL PASO, LA PASCUA de la oscuridad a la luz; empezamos esta celebración en la oscuridad. No es teatro. Es teología.
Porque la oscuridad es real.
Ustedes lo saben. Las noches en que uno no puede dormir porque algo se rompió por dentro. La pérdida de un ser querido. Una enfermedad que no cede. Una relación que murió. Un hijo que se alejó. Una fe que se fue enfriando sin que uno se diera cuenta.
Esa oscuridad es el punto de partida del Evangelio, no su negación.
El Evangelio no dice: "todo está bien." Dice: "en medio de todo eso, hay una tumba vacía."; y nos regala
EL TESTIMONIO DE LAS MUJERES — Las primeros testigos
María Magdalena y las otras mujeres no fueron al sepulcro con esperanza. Fueron con ungüentos. Fueron a cerrar lo que había quedado abierto. Fueron a despedirse.
Y encontraron el sepulcro vacío.
El ángel les dice algo que vale la pena escuchar despacio: "No está aquí. Ha resucitado."
No les da una explicación filosófica. No les entrega un documento. Les dice: vayan y cuéntenlo.
La fe pascual nació así: de un testimonio. De alguien que fue y volvió diciendo: "yo lo vi. Yo lo encontré. Está vivo."
Y está VIVO HOY — El mismo paso, la misma Pascua en nosotros 1993 años después; en el 2033 serán los dos mil años de este gran acontecimiento.
Hay un testimonio contemporáneo que me parece profundamente pascual. Es el de tantas personas —algunas quizás aquí esta noche— que han atravesado una muerte interior y han salido al otro lado distintas. No ilesas. Distintas.
El adicto que un día eligió vivir y lleva años construyendo su vida de nuevo. La mujer que perdonó lo imperdonable y dice que ese perdón la liberó más a ella que al otro. El joven que perdió la fe, la buscó con honestidad, y la encontró más profunda que antes. El anciano que enterró a su esposa y aprendió, en el dolor, a rezar de otra manera.
Estos son pasos de muerte a vida. Pequeñas pascuas. Anticipos de la grande.
Preguntémonos esta noche qué nos deja la Pascua, porque
la Resurrección de Jesús no es solo una verdad que se cree. Es una verdad que se vive. Que se cruza.
Pero para cruzarla, hay que dejarse preguntar.
Fíjense en lo que hace el ángel con las mujeres. No les da un discurso. Les hace una pregunta implícita que lo cambia todo: ¿A qué han venido? Vinieron a ungir un cadáver. Y el ángel les dice, en el fondo: ese muerto ya no está aquí. Tienen que rehacer sus planes.
La Pascua siempre desorganiza los planes que hicimos para vivir con nuestros muertos.
¿Cuáles son los muertos que tú cargas?
No lo digo en sentido macabro. Lo digo en serio.
Cada uno de nosotros llega esta noche con algo que ya dimos por muerto. Una esperanza que enterramos. Una relación que dijimos "esto ya no tiene arreglo." Una vocación que abandonamos. Una imagen de Dios que se nos rompió y nunca reconstruimos. Un "yo" más luminoso que fuimos dejando atrás, convencidos de que eso era madurar.
A veces ni siquiera somos conscientes del peso que cargamos. Pero está ahí.
Y entonces llega esta noche, y la Iglesia, con una audacia que debería asombrarnos, enciende un fuego en la oscuridad y proclama: la muerte no es la última palabra sobre nada.
Ni sobre Jesús de Nazaret. Ni sobre tu matrimonio. Ni sobre tu fe. Ni sobre tu hijo. Ni sobre ti.
Ese es el gran anuncio pascual: Dios puede donde nosotros ya no podemos.
San Pablo lo dice con una precisión que corta: "Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe." (1 Cor 15,17) No dice: "sería una lástima." Dice: vana. Vacía. Sin contenido. Sin fuerza.
Pero si resucitó —y resucitó— entonces todo cambia.
Entonces la esperanza no es ingenua. Entonces el amor más allá de la muerte no es un consuelo poético. Entonces hay razones reales para levantarse, para comenzar de nuevo, para perdonar, para creer todavía.
Esta noche la pregunta no es académica. Es personal.
¿Hay algo en tu vida que necesita resucitar?
No te pido que respondas en voz alta. Te pido que no huyas de la pregunta. Que la dejes entrar. Que la lleves al agua bautismal que vamos a bendecir. Que la pongas delante del Resucitado, que no le tiene miedo a tus muertos porque Él ya venció a la muerte.
Las mujeres llegaron con ungüentos y se fueron con una misión. Llegaron a cerrar y se fueron a anunciar.
Eso es lo que puede pasarnos esta noche, si lo permitimos.
La Pascua no es una fecha. Es un umbral. Y estamos invitados a cruzarlo. Amén
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!