MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA -2026-
Miércoles 08 / Abr
Lc 24, 13-35
Lo reconocieron al partir el pan
Hace unos días celebramos la Vigilia Pascual. Todavía resuenan en nosotros el fuego, el agua, el Aleluya. Y sin embargo, hoy la liturgia nos pone delante dos escenas que nos retratan por dentro con una honestidad que casi duele.
Un hombre paralítico a la puerta del templo. Y dos discípulos que abandonan Jerusalén con la cabeza gacha, caminando hacia casa, hacia atrás.
¿Les suena? A mí sí.
Fíjense en el mendigo. Lleva años sentado en el mismo lugar, a la puerta que llaman Hermosa. Todos los días lo mismo: la mano extendida, la mirada que busca una moneda. Ha aprendido a pedir poco. Ha aprendido a conformarse con sobrevivir.
Cuando Pedro y Juan pasan, el hombre los mira esperando lo de siempre. Pero Pedro lo mira de otra manera. "Míranos", le dice. Y en esa mirada hay algo que el hombre no esperaba: no hay moneda, pero hay una presencia. "En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar."
Y el hombre camina. Y brinca. Y entra al templo con ellos.
Lo que me llama la atención no es solo el milagro. Es que Pedro no tenía plata ni oro, pero tenía algo más: tenía el Nombre. Tenía al Resucitado actuando a través de sus manos. La fuerza que en vida brotaba del cuerpo de Jesús —curando ciegos, levantando paralíticos— no desapareció con la cruz. Se volvió energía pascual, activa en su comunidad, presente en sus gestos y en sus palabras.
Pascua no archivó a Jesús. Lo liberó.
Ahora los dos de Emaús.
Salen de Jerusalén en silencio. Caminan hacia su casa. Y en ese silencio hay una frase que Lucas conserva como una joya triste: "Nosotros esperábamos..."
Nosotros esperábamos. Pasado imperfecto. La esperanza que ya no es.
¿Cuántas veces hemos caminado así? Con esa misma frase dentro, aunque no la digamos en voz alta. Esperábamos que la fe nos protegiera de esto. Esperábamos que las cosas fueran de otra manera. Esperábamos que Dios interviniera antes.
Los dos de Emaús no reconocen a Jesús porque los ojos están cerrados por la tristeza. Y eso es verdad: cuando uno camina mirando el suelo, es muy difícil reconocer al Resucitado. No porque él se esconda, sino porque nosotros no podemos ver.
Pero fíjense en lo que hace Jesús. No los regaña. No les dice: "¿Cómo es posible que no crean?" Hace algo mucho más bello: se pone a caminar con ellos. Al ritmo de ellos. Hacia donde ellos van. Y les deja hablar. Les deja sacar todo ese desorden, esa decepción, esa fe rota. Los escucha.
Solo después abre las Escrituras. Y algo empieza a encenderse dentro de ellos, aunque todavía no lo saben nombrar.
Y en la mesa —en ese gesto sencillo y enorme de partir el pan— los ojos se abren. Lo reconocen. Y en el momento en que lo reconocen, desaparece. Porque ya no lo necesitan ver con los ojos: lo llevan dentro.
Hermanos, Lucas nos está contando algo que nos toca directamente a nosotros, que no tuvimos la suerte de verlo en carne.
¿Cómo está presente el Resucitado para las generaciones que vinieron después? Aquí mismo. En tres momentos que son exactamente los tres momentos de la Misa.
1. Está presente en la comunidad reunida. No somos un grupo de personas que coincidimos. Somos el cuerpo de Cristo convocado. Cuando nos reunimos en su nombre, él está en medio.
2. Está presente en la Palabra proclamada. Como en el camino de Emaús, él mismo nos explica las Escrituras. Cada vez que escuchamos el Evangelio con el corazón abierto, algo puede arder dentro de nosotros.
3. Y está presente en la fracción del pan. En la Eucaristía que vamos a celebrar ahora. El mismo gesto de la mesa de Emaús, repetido cada día en miles de altares, en miles de comunidades, hasta el fin del mundo.
Pascua no es un recuerdo hermoso.
Antes de terminar, una pregunta sencilla para llevar.
¿En cuál de los dos personajes me reconozco hoy? ¿En el paralítico que lleva tiempo pidiendo poco, conformado con sobrevivir, sin atreverse a esperar más? ¿O en los dos de Emaús, con esa frase dentro: "yo esperaba..."?
El Señor Resucitado no promete que no habrá sufrimiento. No promete que todo saldrá como queremos. Promete caminar con nosotros. Promete explicarnos las Escrituras. Promete partir el pan.
Promete que el corazón puede volver a arder.
Y eso, hermanos, es suficiente. ¡Qué así sea! ¡Aleluya!