MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA -2026-
Martes 07 / Abr
Juan 20, 11-18
María Magdalena y el Resucitado
Hermanos y hermanas:
La Iglesia nos regala hoy una escena íntima y poderosa: una mujer que llora ante un sepulcro vacío. María Magdalena amaba a Jesús. Y amaba de verdad, con ese amor limpio que algunos no saben imaginar porque no lo han conocido.
El Evangelio nos dice de ella que era aquella de quien el Señor había expulsado siete demonios. No nos dice cuáles —si la lujuria, la ira, la avaricia— pero el número bíblico lo dice todo: estaba perdida. Y cuando se encontró con Jesús, descubrió algo que los hombres nunca le habían dado: dignidad. Jesús la miró de otra manera. Y ella respondió al amor con amor.
El Señor dijo una vez, al ver a otra mujer ungir sus pies con perfume y ser criticado por ello: "Mucho se le ha perdonado porque mucho ha amado." Y añadió: "A quien mucho se le perdona, mucho ama." Son dos caminos distintos hacia el mismo lugar.
María Magdalena vivía el segundo: mucho se le perdonó, por eso amaba tanto. Y ese amor la tenía allí, aquella mañana, cuando los apóstoles no estaban. ¿Dónde estaban Pedro, Juan, los Doce? Quizás con miedo, quizás desorientados. Ella estaba. Llorando, sí, pero estaba.
Y porque estaba, fue la primera en verle.
No le reconoce de inmediato —el cuerpo glorioso de Cristo es real, es él mismo, pero es distinto, transfigurado— hasta que él la llama por su nombre: "María."
Solo él puede llamar así. Con ese timbre. Con esa ternura. Cuando lo oyes, sabes que es él, y no hay forma de confundirlo con nadie más.
Ella responde: "Rabbuní" — Maestro. No dice "mi amigo" ni "mi salvador", aunque todo eso era verdad. Dice Maestro. Porque lo primero que reconoce en Cristo resucitado es al que nos ha enseñado la verdad, al que es la verdad.
Y entonces sucede algo que en aquella cultura era impensable: el Señor la envía. Le encarga ser testigo de la Resurrección ante los apóstoles. En esa época, el testimonio de una mujer no valía en un juicio. Su palabra no contaba ante la ley. Y sin embargo, Cristo hace de esta mujer la apóstol de los apóstoles, la primera evangelizadora de la fe pascual.
¿Por qué? Porque había amado mucho. Porque había creído de verdad.
Aquí hay un espejo para nosotros. El problema que tenemos muchos cristianos es que no somos conscientes de nuestro pecado, ni del regalo inmenso que es el perdón de Dios. Como no sentimos la deuda, no amamos. Y como no amamos, no evangelizamos.
Por eso los conversos nos asombran: vienen con un fuego que a veces avergüenza. Saben de dónde los sacó el Señor. Saben lo que les costó. Y ese saber se convierte en amor, y ese amor en misión. Por eso mi admiración a los catecúmenos adultos bautizados en la Pascua, porque siempre serán testigos de esto.
Santa Teresita de Lisieux no fue una gran pecadora, y sin embargo amó enormemente. Pero tantos otros santos —Agustín, Magdalena misma, Teresa de Calcuta— pasaron primero por el abismo y desde allí entendieron la misericordia.
Hermanos: pidámosle al Señor que nos dé ojos para ver la gravedad de nuestro pecado y la grandeza de su perdón. Que esa conciencia encienda en nosotros el amor que se debe. Un amor que es deber, sí —pero que cuando nace de verdad, ya no se siente como obligación, sino como fuego.
Y que ese fuego nos haga capaces de decirle al mundo, con nuestra vida antes que con nuestras palabras, lo que María Magdalena corrió a decirles a los apóstoles:
Cristo está vivo. Cristo nos ama.
Que así sea.