LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA -2026-
Lunes 06 / Abr
Mt 28, 8-15
«Comuniquen a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán»
Seguimos en el corazón del día de Pascua. La Octava no es un "después de Pascua": es Pascua misma prolongada en el tiempo. Por eso esta semana el prefacio no dice "en este tiempo", sino "en este día". La Iglesia nos dice: hoy todavía es el mismo día. La bendición solemne, el doble aleluya en la despedida, la aparición del Resucitado en cada evangelio de la semana... todo nos habla de lo mismo: la resurrección no es un recuerdo, es una presencia.
La pregunta que no podemos esquivar
San Pablo lo deja dicho sin rodeos: "Si Cristo no ha resucitado, somos los más desdichados de los hombres" (1 Co 15, 17.19). La resurrección no es un detalle doctrinal entre otros; es la base sobre la que descansa todo: el perdón de los pecados, la vida eterna, la divinidad de Cristo. Si eso cae, cae todo. Por eso vale la pena preguntarse con honestidad: ¿cómo sabemos que es verdad?
El evangelio de hoy nos pone delante la respuesta más antigua a esa pregunta, la de los enemigos de Jesús: "Los discípulos robaron el cuerpo mientras los soldados dormían." Otros, a lo largo de los siglos, han preferido decir que Jesús no llegó a morir, que sobrevivió malherido, que se fue a la India... La imaginación humana es fértil cuando no quiere enfrentarse a la evidencia.
La prueba de los testigos
En aquella época no había cámaras, ni huellas dactilares cotejables, ni peritos forenses. Lo que había eran testigos. Y los testigos, ya lo sabemos, pueden mentir. Lo hacen por dos razones: para ganar algo o para evitar un castigo. Un testigo falso no muere por su mentira; en el último momento, se retracta.
Los apóstoles no dijeron "nos han contado que resucitó". Dijeron: "Le hemos visto. Le hemos tocado. Hemos comido con Él." Y lo sostuvieron ante la persecución, ante la cárcel, ante la tortura, y finalmente ante la muerte. Ninguno se retractó. Ninguno dijo en el último momento: "Era todo un invento." Bartolomé, desollado vivo. Los demás, de una forma u otra, con su sangre.
Pensemos en la lógica más elemental: si un tribunal puede condenar a cadena perpetua a un hombre porque varios testigos lo vieron cometer un crimen, ¿por qué no vamos a creer a estos hombres que murieron en medio de la tortura afirmando que habían visto, tocado y escuchado al Resucitado? ¿Puede alguien mentir para acabar así? No.
Los testigos de la resurrección son los más fiables que la historia puede ofrecer, precisamente porque no ganaron nada con su testimonio. Lo perdieron todo, salvo la verdad.
"¡Alégrense! No tengan miedo"
El evangelio de hoy añade algo hermoso. Cuando el Señor se aparece a las mujeres —entre ellas, María Magdalena—, las encuentra corriendo, llenas a la vez de miedo y de alegría. Y Cristo les dice dos cosas: "Alégrense" y "No tengan miedo." Y las envía a anunciar la resurrección a los apóstoles. Son las primeras enviadas, los apóstoles de los apóstoles.
"Alégrense." No como quien dice "anímense un poco", sino como quien devuelve el sentido a todo. Cristo está vivo. La muerte no ha tenido la última palabra. Hay vida eterna. ¿Qué más hace falta?
"No tengan miedo." En otro lugar el Señor dice: "En el mundo tendrán luchas, pero tengan valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). Es posible que por ser fiel al Señor pierdas oportunidades, que algún familiar se burle de ti, que en el colegio, en la universidad o en el trabajo tengas que aguantar la condescendencia de quienes te consideran ingenuo. Es posible incluso que dentro de la Iglesia, por defender al Señor, sufras postergación o humillación. Todo eso es posible. ¿Y qué? Si todo es fugaz, si lo único que tiene peso verdadero es la vida eterna, ¿qué más da? Lo que importa es estar con el Señor, ser fiel al Señor, amar al Señor. Lo demás, todo relativo.
"No temas a los que pueden matar el cuerpo pero no pueden matar el alma" (Mt 10, 28). No te vendas por un aplauso, por un cargo, por no pasar un momento incómodo. No tengas miedo. Seguimos a un Cristo triunfador, y ese seguimiento no es gratis —"si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán"—, pero contamos con su gracia. Sin ella, nada. Con ella, todo.
Para terminar
Hoy le decimos al Señor con sencillez:
Gracias, Señor, porque has llenado mi vida de sentido.
Gracias, porque tengo esperanza.
Gracias, porque sé que hay vida eterna.
Gracias, porque aunque tenga mucho miedo, contando con tu fuerza, no tengo miedo.
Que así sea. Aleluya, Aleluya.