JUEVES SANTO -2026-

Jueves 02 / Abr
Jn 13, 1-15
«Los amó hasta el extremo»

Hermanos y hermanas,
el Dios que se nos ha revelado en su Palabra está profundamente interesado en liberar al ser humano. No solo de la esclavitud física, sino de toda dinámica en la que unos dominan y otros son sometidos.

Por eso los profetas alzaban la voz contra Israel:
“¿Acaso han olvidado que ustedes fueron esclavos en Egipto?”
¿Cómo es posible haber sido liberados y luego convertirse en opresores?
¿Cómo olvidar al pobre, al extranjero, al débil?

Desde el principio, Dios revela que su proyecto no es de dominación, sino de libertad.
Y cuando aparece Jesucristo, predicando en las colinas de Galilea, anuncia ese mismo proyecto con un nombre nuevo: el Reino de Dios.

En el Sermón de la Montaña describe a sus ciudadanos:
los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los que tienen hambre de justicia.
No son hombres de violencia ni de imposición, sino de entrega.
Van más allá de la ley del “ojo por ojo”: ponen la otra mejilla, caminan un recorrido extra, dan sin esperar,
aman incluso a sus enemigos.
Este es el Reino.

Y Jesús no solo lo predica… lo encarna.
Se acerca a pecadores, a publicanos, a enfermos, a los despreciados.
Y escandaliza al decir:
Las prostitutas y los publicanos van delante de ustedes en el Reino de Dios”.
Es un mundo al revés.
O mejor dicho: es el mundo puesto en su verdadera forma.

Jesús enseña también:
cuando te inviten a una comida, busca el último lugar.
Y cuando tú invites, llama a los que no pueden pagarte: a los pobres, a los enfermos.
Porque —dice el Señor—:
Los grandes de este mundo hacen sentir su poder… pero entre ustedes no debe ser así. El que quiera ser grande, que sirva”.

Y entonces llegamos a esta noche.
La noche antes de morir, Jesús hace algo desconcertante.
Se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla… y se pone a lavar los pies de sus discípulos.
Un gesto que hoy nos parece normal… pero que en su tiempo era impensable.

Era tarea de esclavos.
Es como si en una cena formal, el anfitrión se arrodillara a limpiar los zapatos de sus invitados.

Pedro no lo soporta:
“¡Jamás me lavarás los pies!”
Porque entiende lo que está pasando:
se está rompiendo el esquema.
Se está derrumbando la lógica del poder.

Y Jesús le responde con dureza:
Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”.
Es decir:
si no aceptas este mundo nuevo, este orden nuevo donde el Señor sirve, no puedes entrar en mi Reino.

Hermanos, este gesto es un rito de iniciación.
Para entrar en el Reino hay que aceptar que Dios no domina… Dios se abaja.
Dios no aplasta… Dios sirve.

Y ahora, pasamos del Evangelio de Juan a la enseñanza de San Pablo.
En la segunda lectura escuchamos el relato más antiguo de la Eucaristía:
Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes…
Esta es mi sangre, que se derrama por ustedes”.
Jesús resume toda su vida en ese gesto.
Su cuerpo entregado.
Su sangre derramada.

Mientras el mundo vive en la lógica de: protegerse, avanzar, imponerse,
acumular…
Jesús inaugura otra lógica:
la de la entrega.

Por eso la Eucaristía lo cambia todo.
La pregunta del mundo es:
“¿Cómo puedo ganar?”
La pregunta del discípulo es:
“¿Cómo puedo entregarme?”
Esta noche, hermanos, somos invitados a entrar en ese nuevo orden.
Un orden que supera la lógica del amo y el esclavo.
Un orden donde el verdadero poder es el amor que se dona.

Que al contemplar el lavatorio de los pies hoy, al recibir el Cuerpo de Cristo, aprendamos a vivir como Él:
sirviendo, amando, entregándonos.
Y así, entrar de verdad en el Reino de Dios. ¡Qué así sea!

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