JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA -2026-

Jueves 9 / Abr
Lc 24, 35-48 
«Miren mis manos y mis pies; soy yo en persona»

En este jueves de la Octava de Pascua, seguimos meditando sobre las apariciones de Cristo resucitado. El objetivo principal de esas apariciones era que quienes las veían —los discípulos de Emaús, los apóstoles, María Magdalena, las otras mujeres— se convirtieran en testigos de que aquello era verdad; no una sugestión colectiva, no el fruto de una borrachera, y mucho menos una invención movida por el afán de lucro.

Aquello era verdad. Nadie miente para ganarse una tortura. Nadie miente para conseguir que lo crucifiquen boca abajo, como a san Pedro; que lo decapiten, como a san Pablo; que lo desuellen vivo, como a san Bartolomé. La gente miente por miedo a que se descubra la verdad, o por interés para hacer un negocio. 

El Señor tiene especial interés en que ellos sean testigos, porque todo va a depender de esto: Cristo ha resucitado.

Pero, además, tiene también especial interés en que entiendan —en que entendamos— que la resurrección de Jesús, primicia de nuestra propia resurrección, no es solo una resurrección del alma. Por eso el evangelista lo cuenta con tanto cuidado: «¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón? Miren mis manos y mis pies, soy yo en persona» —refiriéndose a las huellas de los clavos, a las heridas que dejaron—. «Toquenme y dense cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como ustedes ven que yo tengo.»

Les mostró las manos y los pies, pero como no acababan de creer, añadió: «Demen algo de comer.» ¿Acaso los espíritus comen? ¿El espíritu se mete un pedazo de pescado? Cristo ha resucitado, y hay resurrección de la carne. Esto es un dogma de fe de la Iglesia. No sabemos cómo será ese cuerpo resucitado, esa carne gloriosa. Pero será, y seremos nosotros. No será la persona exactamente igual que en el momento de la muerte, ni igual que cuando nació siendo un bebé, ni quizá la de los dieciocho o veinticinco años —no lo sabemos—, pero seremos nosotros.

Nuestra alma y nuestro cuerpo resucitarán, porque nosotros somos cuerpo y alma. Yo no soy un alma encerrada en la cárcel de mi cuerpo: mi cuerpo soy yo. Mi cuerpo es templo del Espíritu Santo. Somos cuerpo y alma, y ambos resucitarán —para la vida o para la perdición, con Dios o con el demonio.

Jesús ha comenzado esta aparición diciendo: «Paz a ustedes» Puede parecer un saludo ritual, pero es mucho más. Cristo resucitado, al asegurarnos que existe la vida eterna, nos da la paz. A veces todo termina muy pronto —pienso en un joven en un accidente de tráfico—; otras veces, cuando el cuerpo ya está agotado por los años. Pero al final, todo terminará. 

Y la fuente de la paz es que ese final no es un final: no es un adiós, sino un hasta luego; el paso a otra vida, real y verdadera, donde están ya los que han muerto, y donde estaremos también nosotros.

La paz no consiste en tener mucho dinero, ni en tener siempre un cuerpo sano y esbelto. La paz consiste en que, si hemos vivido con Él, moriremos y resucitaremos con Él también en el cielo.

Y termina este fragmento del Evangelio con una palabra decisiva. El Señor les explica: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará…» ¿Qué se proclamará? 

No dice simplemente «el perdón de los pecados». Dice: «se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos».
Es decir: el perdón de los pecados no es algo automático. Hay una condición que cumplir: el arrepentimiento. El perdón es un regalo que no merecemos, un don, no un derecho; pero quien nos da ese don pone una condición básica, elemental, lógica: que estés arrepentido. ¿Cómo te va a perdonar haber cometido un crimen, si no estás arrepentido? ¿Cómo te va a perdonar si estás tramando la próxima calumnia o el próximo robo?

Hoy ya no se predica la conversión. Por eso el papa León recordo, en esta Cuaresma, que es obligatorio confesarse al menos una vez al año —y desde luego cuando se está en pecado mortal y se quiere comulgar—. Sin conversión, sin arrepentimiento, sin propósito de enmienda, sin decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia, no podemos recibir el perdón. Y sin embargo, el perdón está a un milímetro de nuestra piel. El Señor ya te lo ha dado; ya ha enviado el regalo. Pero no va a forzarte a recibirlo: eres tú quien tiene que abrir la puerta, con el agradecimiento y la apertura de la confesión.

Cristo ha resucitado. Resucitaremos con Él si vivimos con Él. Resucitaremos en nuestra carne —aunque no sea la misma— y en nuestro espíritu. Y para poder vivir con Él, tenemos que ser capaces de dejarle entrar con nuestro arrepentimiento, y recibir así el regalo de su perdón.
Que así sea. Aleluya.- 

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