III DOMINGO DE PASCUA -Ciclo A- 2026
Domingo 19 / Abr
Lc 24, 13-35
«Les explicó las Escrituras»
Es la tarde de Pascua. Dos discípulos caminan hacia Emaús con el corazón roto. Un extraño se acerca y camina con ellos. Es Jesús; pero sus ojos no lo reconocen. Él les va abriendo el sentido de lo sucedido a la luz de las Escrituras.
Al llegar, parte el pan. Y en ese gesto los ojos se les abren. Lo reconocen. Y él desaparece.
Entonces se dicen uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Queremos detenernos hoy en ese fuego que enciende la Palabra.
Dos modos de acercarse a la Biblia
El primero: considerarla un libro antiguo, lleno de sabiduría y belleza. Extraordinario desde luego —el más leído de la historia—, pero un libro entre otros.
El segundo modo es mucho más comprometido: creer que ella contiene la palabra viviente de Dios para nosotros hoy. Un libro inspirado: escrito por hombres, sí, con todos sus límites, pero con la intervención directa del Espíritu Santo. Muy humano y, al mismo tiempo, divino.
San Agustín lo decía de una manera que estremece: si de toda la Biblia quedara una sola línea —la de la primera carta de Juan: «Dios es Amor» (1 Jn 4,16)— estaría todo salvado. Porque toda la Escritura se resume ahí. La Biblia es una carta de amor enviada por Dios a la humanidad.
Esto explica cómo personas sin grandes estudios, leyéndola con sencillez y fe, encuentran en ella respuestas, luz, ánimo. La Palabra, dice Jesús, nos es tan necesaria como el pan: «viva y eficaz» (Heb 4,12), eterna, porque «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35).
Pero los dos modos no se excluyen, también es necesario estudiar la Biblia para no caer en el fundamentalismo: tomar un versículo al pie de la letra sin respetar el género literario, la cultura, el tiempo. La Biblia no está escrita para hacer ciencia, sino para dar la salvación.
Pero reducirla a puro objeto de erudición, permaneciendo neutral frente a su mensaje, sería matarla. Sería como analizar con diccionarios una carta de amor sin darse cuenta del amor que hay en ella.
Leer la Biblia sin fe es como abrir un libro en la oscuridad. Leerla con fe es leerla con referencia a Cristo, recogiendo en cada página lo que habla de él. Exactamente como él mismo hizo con los discípulos de Emaús.
¿Cómo comenzar?
El modo más sencillo: comenzar con un Evangelio y leer cada día alguna página. Tenerlo a la mano, en la mesita de noche, en la cocina, en el comedor, en el celular.
He conocido a muchas personas que pudieron mitigar los embates de la soledad al descubrir la Palabra; a descubrir en la Biblia una presencia amiga, no un simple libro.
También la Palabra como la Eucaristía es presencia del Resucitado.
Jesús permanece entre nosotros de dos modos: en la Eucaristía y en su Palabra. En ambas está presente: bajo la forma de pan, y bajo la forma de luz y verdad.
La Palabra tiene además esta ventaja: a la comunión solo llegan quienes ya creen y quienes están en estado de gracia; a la Palabra puede acercarse cualquiera. Es el camino ordinario hacia la fe: «La fe viene de la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm 10,17).
Los discípulos lo reconocieron en la fracción del pan. Pero no habrían llegado a la mesa sin el fuego encendido por la Palabra en el camino.
Podamoles hoy al Señor Señor Jesús que nos explique las Escrituras, que enciendea nuestro corazón mientras nos hablé. ¡Qué así sea!