DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA -2026-

Domingo 12 / Abr
Jn 20, 19-31
«A los ocho días, llegó Jesús»

Hermanos y hermanas:
Hoy celebramos el segundo domingo de Pascua, que la Iglesia nos invita a vivir como el Domingo de la Divina Misericordia. No podemos dejar pasar este día sin recordar a santa Faustina Kowalska, aquella religiosa polaca que tanto hizo para difundir esta devoción. Y no es casualidad que las apariciones que ella recibió comenzaran precisamente en los años en que Polonia se encontraba entre dos amenazas mortales: la Alemania nazi por un lado, la Unión Soviética por el otro. Como si Dios hubiera querido preparar a un pueblo —y a través de él, a toda la humanidad— para lo que se avecinaba. Dios siempre llega antes. Siempre prepara.

I.
La misericordia no es una novedad del Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento ya se habla de ella abundantemente. Es esa actitud de Dios que mezcla el perdón con la ayuda, la compasión con la fidelidad. En hebreo, hesed y rahamim: amor de alianza y ternura casi materna. Dios no abandona a su pueblo. Perdona, sostiene, levanta.

Pero hay una diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento, la misericordia de Dios no solo se proclama: se toca. Se toca en la carne de Cristo. Y hoy, en el evangelio, se toca literalmente: "Mete aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado." La misericordia de Dios tiene llagas. Tiene nombre y apellido. Se llama Jesucristo, muerto y resucitado.

II.
Pero la misericordia no es automática. Hay condiciones. ¿Cuáles son?

La primera es el arrepentimiento. Cuando decimos "Señor, ten misericordia de mí", lo decimos porque somos conscientes de que hemos hecho algo mal, y porque deseamos —al menos deseamos— no volver a repetirlo. Sin ese reconocimiento, sin esa conciencia, no hay punto de partida. 

Por eso el arrepentimiento necesita de la formación: hay que saber distinguir el bien del mal, hay que conocer la propia vida a la luz del Evangelio. Si nadie nos lo ha enseñado, si nadie nos ha invitado a mirarnos por dentro, ¿cómo vamos a arrepentirnos? ¿Cómo vamos a cambiar?

La segunda condición es la confianza. Y aquí está lo más sorprendente de las apariciones a santa Faustina. Lo normal sería que el Señor dijera: "Confía en mí y te quitaré los problemas." Pero no. El Señor dice algo más exigente y más hondo: "Confía en mí, y tendrás la fuerza para resistirlos." Igual que en las apariciones del Sagrado Corazón. Dios no promete eximirnos del sufrimiento. Promete acompañarnos en él. Promete que no seremos vencidos.

La confianza significa aceptar —no necesariamente entender— que nosotros no sabemos del todo, pero Dios sí sabe. Que Dios puede sacar bien incluso del mal. Incluso de ese mal que quisiéramos que no existiera. Eso es confiar: no tener todas las respuestas, pero saber en quién se ha puesto la fe.

III. 
Las consecuencias: resistir, levantarse, ser testigos

De esta fe en la misericordia divina brotan tres consecuencias que me gustaría subrayar.

Primera: la resistencia. Quien confía en Dios tiene días difíciles —claro que sí, porque es un ser humano—, pero no se rinde. Es como el soldado que no necesita entender cada orden del plan de batalla; confía en quien lo manda y aguanta su puesto. "Señor, no entiendo, pero aquí estoy. Para hacer tu voluntad. Hay que aguantar. Hay que resistir." El pueblo polaco aguantó décadas de ocupación, de opresión, de silencio forzado. Cincuenta años. Precisamente el pueblo al que fueron dirigidas aquellas apariciones. No es casualidad.

Segunda: levantarse. Resistir no es solo aguantar con los dientes apretados. Es también la resiliencia: caer y volver a empezar. Las caídas son parte del camino. Lo que importa no es que no caigamos, sino que cada vez que caemos, nos levantemos. Volver a empezar. Eso es la vida cristiana. Eso es también lo que celebramos en la confesión: no el perfeccionismo, sino la conversión continua.

Tercera: ser testigos. Y aquí está el corazón del evangelio de hoy. Tomás no creyó por los argumentos de los otros apóstoles. Creyó porque vio las llagas. Creyó porque tocó. Y entonces, por primera vez en los evangelios, un apóstol lo dice abiertamente, clara y plenamente: "¡Señor mío y Dios mío!" No solo Mesías, no solo Maestro: Dios. Las llagas de Cristo lo revelan.

Y ahora viene la pregunta que nos toca a nosotros. La gente que nos rodea —familia, compañeros de trabajo, vecinos— sabe cuándo estamos pasando por momentos difíciles. Conocen nuestras heridas: la enfermedad, la pérdida, el fracaso económico, el sufrimiento interior, las tensiones que vivimos. Saben cómo estamos. Lo que no saben todavía es cómo reaccionamos. Y en esa reacción está nuestro testimonio.

Si ven que nos hundimos, que nos amargamos, que respondemos al golpe con rencor o con desesperación —lo entenderán, porque pensarán: "Yo haría lo mismo en su lugar." Pero si ven que nos levantamos, que seguimos adelante, que ponemos una sonrisa que no es fingida sino ganada, que les ofrecemos un corazón lleno todavía de misericordia hacia ellos... entonces se preguntarán: "¿Cómo puede ser?" Y esa pregunta es el inicio de la fe.

No podremos decirles que somos mejores que ellos. No lo somos. Pero sí podemos decirles lo que Tomás descubrió aquel domingo: que hay un Cristo resucitado que nos sostiene, que sana nuestras llagas con las suyas, y que nos da una alegría que el mundo no puede dar ni quitar.

Hay muchos "Tomases" hoy. Personas que creen en Dios a su manera, pero que han dejado de venir a la comunidad. Que rezan solos en casa. Que tienen sus motivos, sus heridas con la Iglesia, su cansancio. Y sin embargo, el Señor Resucitado sigue apareciendo donde la comunidad se reúne, donde se parte el pan, donde se proclama su nombre, en las pequeñas comunidades que son lugares en donde acontece la fe.

No es que Dios no pueda llegar a quien está solo. Puede. Pero su modo ordinario es la comunidad, aunque sea pequeña y llega también de modo real cada domingo en la Eucaristía. Por algo instituyó una Iglesia y no solo una colección de experiencias individuales.

La buena noticia es que Jesús vuelve. Ocho días después, vuelve —y esta vez Tomás está presente. El Señor no abandona al que dudó, al que se alejó, al que no estuvo. Le da una segunda oportunidad. Pero Tomás tuvo que volver al grupo. Tuvo que estar con los demás cuando el Señor llegó de nuevo.

Hermanos, hoy es el día de pedir perdón por los pecados con arrepentimiento sincero. De renovar la confianza en Dios, aunque no entendamos todo. De pedir la fuerza para resistir y para levantarnos. Y de ofrecernos como testigos vivos de la Resurrección ante quienes nos rodean, en comunidad, no solos ni aislados.

Que cuando nos vean —en las heridas, en las dificultades, en la lucha cotidiana— puedan decir lo que dijo Tomás. No porque lo hayamos predicado con palabras, sino porque lo hayan tocado con sus manos en nuestra vida.
"Señor mío y Dios mío."

Que la misericordia del Señor resucitado sea nuestra fuerza hoy y siempre. Amén.

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