V DOMINGO DE CUARESMA -Ciclo A-

Domingo 22 / Mar
Jn 11, 1-45 
«Yo soy la resurrección y la vida»

Queridos hermanos, ya estamos llegando al final del camino cuaresmal. Y la Iglesia, como una madre sabia, nos lleva de la mano hacia un momento culminante: el Evangelio de la resurrección de Lázaro. Es como el punto más alto antes de entrar en la Semana Santa.

Venimos de historias muy profundas: la samaritana, el ciego de nacimiento… y ahora Lázaro. No son solo relatos, son como “iconos” de nuestra vida espiritual. Y hoy, lo que se nos pone delante es el drama más grande del ser humano: la muerte.

La primera lectura del profeta Ezequiel nos prepara el corazón con esa imagen impresionante: un valle de huesos secos. Un campo de muerte. Y de repente, el Espíritu de Dios sopla… y esos huesos vuelven a la vida. Y Dios dice algo que sacude el alma:
Yo mismo abriré sus sepulcros y los sacaré de ellos.

Eso es lo que Dios quiere hacer con nosotros.

Porque, seamos sinceros… todos, en el fondo, vivimos con ese miedo. Podemos tener logros, dinero, estudios, familia… pero sabemos que todo termina en la tumba. Y eso, si no hay fe, puede llevar al vacío, al “¿para qué todo esto?”.

Pero el Dios de la Biblia no acepta que la muerte tenga la última palabra. Él es el Dios de la vida. Él viene a abrir tumbas.

Y entonces llegamos al Evangelio.

Jesús recibe la noticia: “Lázaro ha muerto”. Pero Él dice algo desconcertante:
Nuestro amigo Lázaro duerme.

Jesús está relativizando el poder de la muerte. Para Él, la muerte no es el final definitivo… es como un sueño del que Dios puede despertarnos.

Pero San Juan insiste: Lázaro lleva cuatro días en la tumba. Es decir, está verdaderamente muerto. No hay duda. No hay esperanza humana.

Y aquí aparece Marta, que representa tan bien nuestro corazón. Ella le dice:
Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.”

¿Quién no ha dicho algo parecido?
“Señor, ¿por qué permitiste esto?”
“¿Dónde estabas cuando más te necesitaba?”

Pero Marta no se queda en el reclamo… da un paso más:
“Pero aún ahora sé que Dios te concederá cuanto pidas.”

Y entonces Jesús pronuncia una de las frases más grandes del Evangelio:
Yo soy la resurrección y la vida.

No dice “yo doy vida”… dice “yo soy la vida”.
Es decir, la vida no es una idea, no es una teoría… es una Persona: Es Cristo.

Y Marta hace una confesión impresionante:
“Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.”

Miren el camino de su fe: del dolor… a la confianza… y de la confianza… a una fe profunda.

Pero hay un detalle que a mí siempre me toca:
Jesús se echó a llorar.”
Dios llora.
No tenemos un Dios frío, distante, que mira el sufrimiento desde lejos. Tenemos un Dios que entra en nuestro dolor. Que llora con nosotros cuando perdemos a alguien, cuando algo se rompe, cuando la vida nos golpea.

Jesús no elimina el dolor desde fuera… lo asume desde dentro.

Y luego viene el momento decisivo. Frente a la tumba, Jesús grita con voz fuerte:
¡Lázaro, sal fuera!”
Y el muerto sale.

Hermanos, esto es clave: la palabra de Jesús no solo informa… transforma. No solo dice algo… hace lo que dice.

Así como en la creación: “Hágase la luz”… y hubo luz.
Así como en la Eucaristía: “Esto es mi cuerpo”… y lo es.
Así también aquí: “Sal fuera”… y el muerto sale.

Y hay un detalle final precioso:
Desátenlo y déjenlo caminar.”
Porque Cristo no solo nos da vida… también nos libera.

¿Cuántas “vendas” tenemos nosotros?
Miedos, pecados, resentimientos, desesperanza… cosas que nos tienen como muertos en vida.

Y este Evangelio nos dice: Cristo viene hoy a tu tumba.
A esa parte de tu vida que huele mal, que ya tú das por perdida…
Y te dice: “Sal fuera.”

En nuestra realidad —marcada tantas veces por crisis, incertidumbre, cansancio— este mensaje es profundamente actual: no todo está perdido. Dios puede hacer renacer lo que parece muerto: una familia, una vocación, un país, un corazón.

Ya estamos a las puertas de la Semana Santa.
Y la Iglesia hoy nos pregunta, como a Marta:
¿Crees esto?”

Creer no es solo decir “sí” con la boca… es dejar que Cristo entre en nuestras tumbas.

Pidámosle hoy esa fe.
Para que cuando escuchemos su voz —en esta vida y al final de los tiempos— tengamos la valentía de salir. ¡Qué así sea!

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GRACIAS VIRGEN DE LA CABEZA

I DOMINGO DE CUARESMA -Ciclo A-