SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR -2026-

Miércoles 25 / Mar
Lc 1, 26-38
«Hágase en mi»

Hoy la Iglesia se detiene… y casi contiene la respiración. Hoy no celebramos simplemente un momento bonito del Evangelio; hoy celebramos el instante en que Dios entra en la historia humana de un modo definitivo. Hoy celebramos la Encarnación, nueve meses antes de la Navidad.

El Evangelio según San Lucas nos presenta una escena aparentemente sencilla: un ángel, una joven en Nazaret, un saludo, una propuesta… y una respuesta. Pero en ese diálogo silencioso se decide el destino de la humanidad.

Lo que ocurre ese día es algo profundamente hermoso: es un encuentro entre la humildad de Dios y la libertad del ser humano.
Dios no irrumpe con violencia. Dios no impone. Dios pide permiso.
Y aquí está lo desconcertante: el Todopoderoso se inclina ante una criatura. Como si —usando una imagen— Dios hiciera una reverencia ante María. El Creador espera la respuesta de su criatura.
Y esa criatura es Virgen, es María.
Ahí está el misterio.

San Pablo, en la carta a los Filipenses, nos da la clave: Cristo, siendo de condición divina, “se despojó de sí mismo”. Eso que los teólogos llaman kénosis. Dios no se aferra a su poder, sino que se abaja.
Y frente a esa humildad… aparece la respuesta de María:
Aquí está la esclava del Señor”.

Es impresionante. Dios se hace pequeño… y el ser humano responde haciéndose pequeño también.
La humildad encuentra humildad.
Pero hay algo aún más profundo. Dios no solo viene con humildad. Dios viene con amor.

Y aquí conviene preguntarnos con sinceridad:
¿Para qué viene Dios? ¿Qué busca?
Porque, seamos claros: Dios ya era respetado. Ya era temido. Ya era adorado.
Pero Dios no vino a buscar miedo. Vino a buscar amor.
Y no porque Él lo necesite. Como dice la liturgia: nuestras alabanzas no aumentan su gloria. Dios es perfecto.

Entonces, ¿por qué viene?
Porque nosotros necesitamos amar.
Un ser humano que no ama, no está completo. Puede tener éxito, dinero, incluso cierta paz exterior… pero si no ama, le falta lo esencial.

Por eso, como dice la primera carta de San Juan: Dios nos amó primero.
Dios toma la iniciativa. Dios siembra amor… esperando encontrar amor.
Y lo encuentra en María.

Cuando ella dice:
Hágase en mí según tu palabra”,
no está dando una respuesta resignada… está dando una respuesta de amor total, confiado, radical.

Ahí se realiza el milagro:
el amor de Dios encuentra eco en el corazón humano.
Como diría San Juan de la Cruz:
Donde no hay amor, pon amor, y sacarás amor”.
Eso hizo Dios en la Anunciación: puso amor… y encontró amor.

Hermanos, esta solemnidad no es solo para admirar a María. Es para mirarnos también a nosotros mismos.
Porque Dios sigue pasando.
Sigue llamando.
Sigue proponiendo.
Tal vez no con un ángel visible… pero sí en la vida cotidiana: en una vocación, en una reconciliación pendiente, en una cruz que aceptar, en un servicio que asumir.

Y entonces la pregunta es inevitable:
• ¿qué respuesta encuentra Dios en mí?
• ¿Encuentra resistencia… o encuentra disponibilidad?
• ¿Encuentra miedo… o encuentra amor?
Hoy es un buen día para hacer una oración muy sencilla, pero muy seria.
Decirle al Señor:
“Señor, aquí está tu siervo, tu sierva…
aquí está tu esclavo, tu esclava…
haz en mí según tu palabra”.

No es una frase piadosa más. Es una entrega.
Y aquí viene algo muy concreto para nuestra vida —y pensando también en nuestra realidad venezolana, tan marcada por dificultades, incertidumbres y luchas diarias—: decir “hágase” no significa que todo será fácil.

María dijo “sí”… y luego vino el camino: la incomprensión, la pobreza, la cruz de su Hijo.
Pero ese “sí” llenó su vida de sentido.
Porque cuando uno ama, incluso el dolor tiene sentido.

Termino con dos intuiciones muy bellas de los santos.
San Agustín de Hipona decía:
“Dame amor, Señor, y haz lo que quieras”.
Y San Felipe Neri exclamaba:
“Señor, ¿por qué me diste un corazón tan pequeño para amarte?”

Esa debería ser también nuestra oración hoy.
Señor, me has dado amor…
yo te devuelvo amor.
Y junto a María, con sencillez, con humildad, con verdad, decir:
“Aquí estoy…
hágase en mí según tu palabra”.
Que así sea.

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