LUNES SANTO -2026-
Lunes 30 / Mar
Jn 12, 1-11
«Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura»
Hermanos, el Evangelio de hoy nos lleva a una escena muy sencilla, pero profundamente conmovedora. Estamos en Betania, en casa de Lázaro. Jesús está allí, sentado a la mesa con sus amigos. Todo parece tranquilo… cotidiano.
De pronto, sucede algo inesperado.
María entra con un frasco de perfume muy caro. No dice nada. No pide permiso. Simplemente se acerca a Jesús, rompe el frasco, derrama el perfume sobre sus pies… y los seca con sus cabellos.
La casa —dice el Evangelio— se llenó de la fragancia del perfume.
Imaginen ese momento. El silencio. El aroma que lo invade todo. Un gesto que habla más que mil palabras.
Pero no todos lo entienden.
Judas protesta: “¿Por qué este desperdicio?” Él calcula, mide, pone precio. María, en cambio, ama. Y cuando uno ama de verdad, no calcula.
Jesús la defiende: “Déjala”. Porque Él reconoce en ese gesto algo muy profundo: un amor que se adelanta a la cruz, un corazón que se entrega sin reservas.
Y aquí está el mensaje para nosotros.
María no dio cualquier cosa. Dio lo mejor que tenía. No guardó nada. Se “derramó”.
Y eso nos interpela:
¿Cómo es nuestro amor?
Muchas veces damos a Dios lo que nos sobra: un poco de tiempo, una oración rápida, un gesto a medias. Pero el amor verdadero —como el perfume— solo se percibe cuando se derrama.
Además, el perfume tiene algo especial: no se queda en quien lo ofrece… se expande. Llena toda la casa.
Así también es el amor cristiano. Cuando alguien ama de verdad, se nota. Se siente. Transforma el ambiente.
Una persona que perdona, que sirve, que se entrega… cambia todo a su alrededor.
Por eso hoy, en este inicio de la Semana Santa, el Señor nos invita a algo muy concreto:
A no ser como Judas, que calcula…
sino como María, que ama.
Tal vez nuestro “perfume” sea algo sencillo:
Un acto de paciencia en casa
Una ayuda sin que nos la pidan
Un momento de oración sincera
Un perdón que cuesta
Pero si lo hacemos con amor, ese gesto llenará nuestra vida de la fragancia de Cristo.
Pidamos hoy al Señor que nos enseñe a amar así:
sin medida, sin cálculo, sin miedo a “derramarnos”.
Y que, como en Betania,
nuestra vida también llene el mundo del buen olor de Cristo. Amén.