IV DOMINGO DE CUARESMA -Ciclo A- 2026

Domingo 15 / Mar
Jn 9, 1-41
El ciego de nacimiento 

el Evangelio de hoy nos regala una historia muy hermosa y muy humana: la curación del ciego de nacimiento. Y no es solo la historia de un milagro que ocurrió hace dos mil años; en cierto modo es la historia de cada uno de nosotros.

Dice el Evangelio que Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.
Es interesante ese detalle: el ciego no buscó a Jesús; Jesús lo vio primero. Los Padres de la Iglesia, como San Juan Crisóstomo, subrayaban precisamente eso: Cristo toma la iniciativa, Él se fija en el que sufre, en el que está al borde del camino.
Y esto también pasa en nuestra vida.

A veces pensamos que somos nosotros los que buscamos a Dios, pero si miramos bien nuestra historia descubrimos que Dios pasó primero por nuestra vida y nos miró. Tal vez en una enfermedad, en una crisis familiar, en un momento difícil del país, en una palabra que alguien nos dijo… Dios estaba allí buscándonos.

Luego viene la pregunta de los discípulos:
Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres para que naciera ciego?”
Era una mentalidad muy extendida: pensar que todo sufrimiento es un castigo de Dios. Pero Jesús responde algo muy importante:
“Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios”.
Es decir, Dios no está buscando culpables; Dios está buscando salvar.

Y muchas veces incluso de nuestras heridas, de nuestras limitaciones o de nuestras pruebas, Dios puede sacar algo bueno.
Ahora bien, este Evangelio tiene un significado todavía más profundo.
Ese hombre ciego representa también nuestra condición espiritual.
Podemos trabajar, estudiar, tener familia, luchar cada día por salir adelante —como hacemos tantos venezolanos— pero si vivimos lejos de Dios estamos un poco ciegos respecto a lo más importante: el sentido de la vida.

Por eso viene Jesucristo.
Él mismo lo dice en el Evangelio: “Yo soy la luz del mundo.”
Cristo viene precisamente a abrir nuestros ojos.

Entonces hace algo muy curioso: escupe en la tierra, hace barro y lo pone en los ojos del ciego. San Juan Crisóstomo veía aquí un gesto lleno de significado: el mismo Dios que al principio creó al hombre del barro ahora, con barro, vuelve a recrear al hombre. Cristo no solo cura; Cristo vuelve a crear.

Pero después lo envía a lavarse a la piscina de Siloé. Y los primeros cristianos veían en esto una imagen muy hermosa de los sacramentos, especialmente del bautismo. De hecho, en la Iglesia antigua al bautismo se le llamaba “la iluminación”, porque allí se nos abren los ojos de la fe.

El ciego obedece.
Va, se lava…
y vuelve viendo.
Pero lo más interesante del Evangelio no es solo que recupera la vista física. Lo más hermoso es el camino de fe que hace este hombre.

Primero, cuando le preguntan quién lo curó, responde:
Un hombre llamado Jesús”.
Todavía sabe muy poco.
Después dice:
Es un profeta”.
Pero al final, cuando Jesús lo encuentra nuevamente, ocurre algo maravilloso. El hombre se postra ante Él y dice:
Creo, Señor.”

Ese es el camino de la fe:
de la oscuridad a la luz,
del encuentro con Cristo a la fe,
y de la fe a la adoración.

Hay algo que también ocurre en el Evangelio y que pasa mucho en la vida real. Cuando aquel hombre vuelve viendo, muchos no lo reconocen. Algunos decían: “Ese es”, otros decían: “No, se le parece”.
Y esto también sucede cuando alguien se encuentra de verdad con Cristo.
La persona cambia. Cambia su manera de vivir, de pensar, de mirar la vida.

Recuerdo el testimonio de un hombre que contaba que durante muchos años vivió lejos de Dios. Tenía trabajo, tenía amigos, tenía dinero… pero sentía un vacío muy grande. Un día, casi por casualidad, entró a una iglesia. No pasó nada extraordinario, pero en su interior sintió algo muy fuerte. A partir de ese día empezó a acercarse poco a poco a Dios. Y un tiempo después decía:
“Es como si antes viviera con los ojos cerrados y ahora comenzara a ver”.
Eso es lo que hace Cristo: abre los ojos del corazón.

Hermanos, este Evangelio nos invita hoy a hacernos una pregunta muy sencilla y muy profunda:
¿Quién es Jesús para mí?
¿Solo un personaje de la historia?
¿Un gran maestro?
¿Un profeta?
¿O puedo decir también yo, como el ciego del Evangelio:
“Creo, Señor”?

Si nuestra fe todavía es pequeña, no pasa nada.
Podemos decirle con humildad:
“Señor, abre mis ojos”.
“Señor, aumenta mi fe”.
Y verán cómo Cristo, poco a poco, hará también en nosotros ese milagro: pasar de la oscuridad…
a la luz.
Que si sea. 🙏

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GRACIAS VIRGEN DE LA CABEZA

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