III DOMINGO DE CUARESMA -Ciclo A- 2026

Domingo 08 / Mar
Juan 4,5-42
Tengo sed

Queridos hermanos,
siempre que llega este tercer domingo de Cuaresma, escuchamos el pasaje de la samaritana. Y casi siempre —con razón— nos detenemos en el tema del agua viva. 

Pero hoy quisiera que nos fijáramos en otro detalle, quizá más silencioso, pero profundamente actual.

Es mediodía. Hace calor. Jesús está cansado. Y en ese momento llega una mujer samaritana. Y Jesús le dice algo tan sencillo como: “Dame de beber”. Y aquí empieza todo.

Porque judíos y samaritanos no se hablaban. Eran pueblos enfrentados desde hacía siglos. Los samaritanos adoraban a Dios en el monte Garizín; los judíos, en Jerusalén. Había rivalidad religiosa, histórica, cultural. Y esa rivalidad se había convertido en herencia.

Y la mujer se sorprende:
¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”
Jesús rompe el muro.
No empieza con un discurso. No comienza acusando. No le recuerda su historia. Solo le pide agua. Es decir, le da la oportunidad de hacer el bien.

Y aquí está la primera enseñanza:
Jesús está por encima de las rivalidades heredadas.
Qué peligroso es cuando las enemistades pasan de generación en generación. Padres que no se hablan… hermanos enfrentados… y lo más triste: quieren transmitir ese rencor a los hijos.
¿Qué culpa tienen los hijos?
¿Qué culpa tenían esta mujer y Jesús de conflictos antiguos?

Cuidado con dejar como herencia el odio. Podemos dejar bienes, educación, valores… pero no dejemos rencores. Porque el odio heredado esclaviza más que la pobreza.

Jesús ve en ella no una samaritana, sino una hija de Dios. Una mujer que necesita salvación, como todos.
Y entonces comienza el diálogo. Poco a poco la mentalidad de la mujer cambia. Pasa del prejuicio a la conversación. De la conversación a la confianza. De la confianza a la fe.

Y algo hermoso sucede: esta mujer, que probablemente no tenía buena fama —cinco maridos, y el actual no era suyo— se siente mirada sin desprecio.
Y cuando una persona se siente amada, brota lo mejor de ella.

Ella corre al pueblo. Anuncia lo que ha visto. Y aquí ocurre otro milagro: los samaritanos salen a buscar a Jesús. Y no solo lo escuchan… le ruegan que se quede.
¡Le ruegan!
Dos días se queda Jesús con ellos.
Los que no se hablaban ahora conviven.
Los que desconfiaban ahora escuchan.
Y finalmente dicen:
“Ya no creemos por lo que tú nos dijiste; nosotros mismos hemos oído y sabemos que Él es el Salvador del mundo.”

Miren el proceso:
Primero, el testimonio de una persona.
Luego, el encuentro personal con Cristo.
Y finalmente, la fe propia.

Así se transmite la fe. No por imposición. No por costumbre. Sino por testimonio que lleva al encuentro.

En nuestra Venezuela herida por divisiones políticas, familiares, sociales… este Evangelio es urgente. Hay demasiados pozos donde la gente llega con sed: sed de respeto, de reconciliación, de esperanza.
Y quizá Jesús quiere empezar hoy por algo pequeño:
“Dame de beber.”

Tal vez el Señor nos está pidiendo un gesto sencillo: hablar con quien estamos distanciados, perdonar, no repetir chismes, no alimentar odios.
Todo empezó con una petición humilde… y terminó creyendo un pueblo entero.
Impresionante.

Y termino con una imagen que puede ayudarnos. Madre Teresa de Calcuta escuchó un día en su corazón las palabras de Jesús: “Tengo sed”. Y entendió que esa sed era la sed de amor en los más pobres. Ella decidió no pasar de largo. Y su pequeño “sí” cambió la vida de miles.

Jesús sigue teniendo sed.
Sed de reconciliación.
Sed de corazones abiertos.
Sed de familias unidas.
Sed de que dejemos de heredar rivalidades.

Que esta Cuaresma sea el tiempo en que rompamos algún muro.
Que no transmitamos rencores.
Que anunciemos con nuestra vida.
Y que podamos decir, como los samaritanos:
“Nosotros mismos hemos oído… y creemos.”
Amén.

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GRACIAS VIRGEN DE LA CABEZA

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