VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO -Ciclo A- 2026

Domingo 15 / Feb
Mt 5, 17-37
“No basta con no ser malos”

Seguimos subiendo la montaña con Jesús. Y eso ya dice mucho. No estamos oyendo consejos sueltos; estamos en el corazón del Evangelio. Jesús sube al monte como un nuevo Moisés. Pero hay una diferencia decisiva: Moisés sube para recibir la Ley; Jesús sube y la proclama con autoridad propia.

“Han oído que se dijo… pero yo les digo”.

Esa frase no es retórica. Es una afirmación impresionante. Para un judío, la autoridad máxima era la Ley dada por Dios a través de Moisés. Y ahora aparece este joven rabino de Nazaret diciendo: “Yo les digo”. No cita a nadie. No apela a otra escuela. Él mismo es la autoridad, porque El es Dios.

Jesús no viene a abolir la Ley. No es gracia contra ley. Es plenitud. Es llevar la Ley hasta su punto más alto: el corazón.
Y aquí entra la frase con la que he querido titular esta homilía: no basta con no ser malos.
Porque uno podría decir: “Padre, yo no mato, no cometo escándalos, no hago daño a nadie”. Y eso está bien. Pero Jesús hoy nos mueve el piso.
“Han oído que se dijo: no matarás… pero yo les digo: todo el que se moleste contra su hermano…”.

Es decir: no basta con no matar. ¿Qué está pasando en tu corazón? ¿Cuánta rabia acumulada? ¿Cuánto resentimiento guardado? ¿Cuántas palabras que no fueron golpes, pero sí cuchillos?

En nuestra Venezuela herida, donde vivimos tensión, frustración, impotencia… es fácil endurecer el corazón. Y Jesús nos dice: el problema no empieza en el arma; empieza en el rencor.

Luego va más lejos:
Han oído que se dijo: no cometerás adulterio… pero yo les digo: el que mira con deseo…”.
Otra vez: no basta con no cometer el acto. ¿Cómo estás mirando? ¿Estás viendo personas… o estás usando personas? En una cultura saturada de imágenes, de pornografía, de cuerpos convertidos en mercancía, el Señor nos recuerda que el pecado comienza en la forma de mirar.

Jesús intensifica la Ley. No para asfixiarnos. Sino porque quiere algo más grande para nosotros.
Y aquí está la clave del Sermón de la Montaña:

“Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto”.

Eso no significa: “Sean impecables o no me sigan”. Significa: “Participen de la vida de Dios”. No mediocridad espiritual. No cristianos de mínimo esfuerzo. No creyentes de “yo no hago nada malo”.

Porque el objetivo ordinario de la vida cristiana no es simplemente no delinquir. Es la santidad.
San Juan Pablo II gritaba a los jóvenes: “¡No se conformen con menos! ¡Sean santos!”. Levantó el ideal muy alto. Nos recordó que estamos hechos para lo infinito.

Pero claro, cuando uno escucha esto, puede sentirse pequeño. “Padre, yo fallo. Yo me enojo. Yo miro mal. Yo guardo rencores”.
Y ahí entra la otra cara luminosa del Evangelio: la misericordia. El Papa Francisco nos ha recordado que la Iglesia es hospital de campaña. Que Dios no se cansa de perdonar. Que su misericordia es más grande que nuestro pecado.

Entonces no es bajar el ideal. Es sostenerlo en alto… y abrir los brazos cuando caemos.
Exigencia radical y misericordia radical.

Hermanos, “no basta con no ser malos”. Porque el cristianismo no es una ética de mínimos. Es una vida nueva. Es dejar que Cristo viva en nosotros. Como decía san Pablo: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.

La pregunta hoy no es solo:
¿He evitado el mal?
Sino:
¿He permitido que Cristo transforme mi corazón?
¿He trabajado mis resentimientos?
¿He purificado mi mirada?
¿He pedido perdón cuando he fallado?

El Señor no quiere simplemente ciudadanos correctos. Quiere hijos que reflejen el corazón del Padre.
En medio de nuestra realidad, con tantas tentaciones de dureza, de resignación, de “así soy yo”, Jesús nos dice: puedes más. Con mi gracia, puedes más.

No te conformes con no ser malo. Aspira a ser santo.
Y cuando tropieces —porque todos tropezamos— no huyas. Vuelve. Confiésate. Levántate. Déjate abrazar por la misericordia.

Ese es el equilibrio hermoso del Sermón de la Montaña: una meta altísima… y un Padre con los brazos abiertos.
Que el Señor nos saque de la mediocridad y nos conduzca a la santidad, que en la próxima Cuaresma aprendamos a mantenernos en convertidos y combativos. Amén ¡Qué así sea!

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GRACIAS VIRGEN DE LA CABEZA

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