V DOMINGO DEL ORDINARIO -Ciclo A-

Domingo 08 / Febrero 
Mt 5, 13-16
Que no se nos apague la luz, que no nos volvamos insipidos.

Hermanos, seguimos en el sermón de la montaña. Jesús tiene delante a la gente sencilla: pescadores, madres de familia, jóvenes, viejos cansados de la vida. La semana pasada los miró y les dijo: “Felices”. Felices los pobres, los mansos, los que lloran.

Hoy Jesús hace algo todavía más fuerte.
Ya no solo hace promesas a los pobres, a los que lloran, a los perseguidos.
Hoy los señala.
Y nos señala a nosotros.
No les dice: “algún día podrían ser”.

Les dice sin rodeos:
“Ustedes son la sal de la tierra.
Ustedes son la luz del mundo.”
Como quien dice: “Esto es lo que son. No se hagan los locos.”

Y fíjense en algo curioso:
la sal, la luz, una ciudad en lo alto…
ninguna sirve para sí misma.
La sal no se come sola.
La luz no se enciende para mirarla.
Una ciudad en lo alto no se construye para esconderla.
Todo eso existe para los demás.

Piensa en la sal.
En tiempos de Jesús no había neveras ni congeladores. La carne se dañaba rápido. ¿Qué la salvaba? La sal.
La sal evitaba que la carne se pudriera, tenía una función conservadora¹.
Pero la sal también tenía otro uso, más duro: cuando una ciudad era destruida, se echaba sal en la tierra para que no volviera a crecer nada malo allí, era como un elemento de superchería.²
La sal conservaba lo bueno…
y frenaba lo que hacía daño.
Jesús dice: “Eso son ustedes”.

Después habla de la luz.
Y la luz es traicionera, ¿sabes por qué? Porque dice la verdad.
¿Cuántas veces uno prende la luz en la casa y dice:
—“¡Ave María! Yo no sabía que ese rincón estaba tan sucio”.
O te tomas una foto con el sol de frente y dices:
—“¡Cónchale! Yo no sabía que me veía así tan viejo, o tan gordo, o tan calvo”.
La luz no inventa nada.
Solo muestra lo que ya estaba allí.
Y por eso a veces la luz incomoda.
Pero sin luz, uno se tropieza.

Y después Jesús habla de una ciudad en lo alto del monte.
En su tiempo, cuando la gente viajaba de noche, miraba las luces de una ciudad lejana y decía:
—“Voy bien… todavía no me he perdido”.
Jesús nos está diciendo algo muy serio: hay personas que deberían poder orientarse mirando nuestra vida.

Y aquí viene el golpe fuerte del Evangelio.
Jesús no nos hace santos solo para que estemos tranquilos.
No nos hace felices solo para que digamos:
—“Bueno, yo estoy bien con Dios”. ¡No!
Jesús nos hace santos para que otros no se pierdan.
Nuestra fe no termina en nosotros. Si termina en mí, algo anda mal.

Y entonces Jesús suelta una frase devastadora:
“Si la sal pierde su sabor, ¿para qué sirve?”
Para nada.
No conserva.
No transforma.
No frena el mal.
Y uno tiene que preguntarse con honestidad:

¿Qué pasa cuando los cristianos pierden su sabor?
La historia nos lo grita.
El siglo XX fue el más sangriento de la humanidad…Dos guerras mundiales. Víctimas contadas en millones, armamentos nucleares. 
Y todo eso ocurrió en países cristianos.
Iglesias llenas, bautismos, tradiciones…
pero muchos cristianos miraron para otro lado.
Cuando la sal pierde su sabor,
el mundo se daña.

Y cuidado con pensar:
—“Eso fue allá, eso fue antes”.
Jesús hoy nos mira aquí, en nuestra realidad, y nos pregunta:
—¿Tu fe está haciendo alguna diferencia?
—¿Tu cristianismo ilumina a alguien más?
—¿O solo te sirve para sentirte tranquilo?
Porque una fe que no ilumina,
una fe que no incomoda un poco, una fe que no se mete donde hay oscuridad,
no es la fe del Evangelio.

Jesús no nos llamó para escondernos.
Nos llamó para alumbrar.
Nos llamó para salar.
Nos llamó para ser referencia.

Hermanos,
que no se nos apague la luz.
Que no se nos vuelva insípida la sal.
Porque cuando un cristiano vive el Evangelio de verdad,
algo cambia a su alrededor.
Que el Señor nos dé esa valentía.
Amén.
______________________
1. La sal era un producto de inmenso valor, utilizado como moneda de cambio (origen de la palabra salario) y para conservar alimentos.

2. Lanzar sal en tierras conquistadas, una práctica documentada principalmente en el Cercano Oriente y popularizada en la Edad Media, era un acto simbólico de maldición, destrucción y esterilización definitiva para evitar que la ciudad enemiga volviera a prosperar o ser habitada. Aunque su objetivo era inutilizar el suelo para la agricultura, también funcionaba como un ritual de desolación. De allí la expresión que aún perdura: 'estoy salao'

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GRACIAS VIRGEN DE LA CABEZA

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