LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR 2026

Lunes 02 / Feb
Lc 2, 22-40
La Presentación del Señor.

Hoy celebramos una escena sencilla, pero cargada de misterio: María y José llegan al templo con un niño en brazos. No vienen a hacer algo extraordinario; vienen a cumplir la ley, a hacer lo que tocaba. Son una familia creyente, gente sencilla, fiel, de esas que no hacen ruido, pero sostienen la fe de un pueblo. 

María y José no vienen a llamar la atención, vienen a cumplir. A hacer lo que toca. A presentar a su hijo al Señor.
Y ahí está el detalle:
Dios entra al templo como un niño indefenso.
No entra con rayos, ni con truenos, ni con discursos. Entra cargado.
Y casi nadie se da cuenta…
Casi nadie.

Solo dos viejitos: Simeón y Ana. Dos que habían aprendido a esperar. Dos que no se habían vuelto incrédulos de tanto esperar. Dos que seguían creyendo que Dios cumple lo que promete.

Simeón toma al Niño en brazos y ahí mismo entiende todo. Como cuando uno dice: “Ya… ahora sí”.
Por eso suelta esa frase tan hermosa:
“Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz”.
No dice: “déjame vivir más”. Dice: “ya te vi”. Y cuando uno se encuentra de verdad con Cristo, hermano, eso basta.

Pero después Simeón baja la voz… y cambia el tono.
Deja de hablarle a Dios y mira a María.
José está ahí, pero Simeón se dirige a ella. Y le suelta algo que ninguna mamá quiere oír:
“Este niño será causa de caída y de levantamiento… y a ti, una espada te atravesará el alma.”

Eso no fue poesía.
Eso fue anuncio de cruz.
María fue al templo con su hijo recién nacido… y salió con una profecía de dolor clavada en el corazón.
Porque amar de verdad siempre tiene precio.
Y esa espada no cayó del cielo sola.

Esa espada la levantamos nosotros.
Cada vez que mentimos,
cada vez que traicionamos,
cada vez que jugamos con la vida, cada vez que pisoteamos la dignidad del otro,
esa espada vuelve a atravesar el corazón de María.

Hace años leí una historia durísima del cristianismo en Japón. En la persecución, a los cristianos japoneses les ponían un crucifijo en el suelo y les decían: “písalo y te salvamos la vida”. Algunos, quebrados por el miedo, lo hacían.
Pero cuando les ponían una imagen de la Virgen… no podían.

Porque una cosa es fallarle al Maestro…
y otra cosa es romperle el corazón a la Madre.

Y ojo: no es que María sufra más que Jesús.
Es que ella ama como ama una madre.
Y toda madre sufre lo que su hijo sufre… y más.
María estuvo ahí cuando nadie quería estar.
No salió corriendo.
No gritó.
No armó escándalo.
Se quedó.
Vio la sangre,
oyó los insultos,
sintió cada respiración forzada de su Hijo clavado.
Y aun así, no se movió.

Porque su presencia era el último consuelo de Jesús.
Y aquí viene el anuncio de salvación, claro y directo:
✓ Cristo murió por tus pecados y por los míos.
✓ María ofreció su dolor por esos mismos pecados.
✓ Y cada vez que pecamos gravemente, no solo crucificamos al Hijo… también herimos a la Madre.

Pero la buena noticia es esta —y esta es la que salva—:
ni Cristo ni María se cansan de perdonar.
Por eso hoy, en esta fiesta luminosa, donde celebramos que Dios se deja cargar, que Dios se deja presentar, que Dios se hace cercano, preguntémonos con honestidad:
¿Soy yo el que sigue empuñando la espada?
¿O soy el que hoy decide soltarla?

Si hemos fallado, pidamos perdón.
Al Señor… y también a su Madre.
Y volvamos a empezar.
Porque María no se quedó en el dolor.
Ella nos lleva siempre a Jesús.
Y Jesús nunca rechaza a nadie que vuelve.

Que esta Eucaristía nos enseñe a amar así:
sin huir,
sin excusas,
sin vacilaciones.
Que así sea.

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