II DOMINGO DE CUARESMA -Ciclo A-
Mt 17, 1-9
Su rostro resplandecía como el sol.
En este II Domingo de Cuaresma la Iglesia nos regala un Evangelio que, humanamente hablando, parecería “fuera de lugar”: la Transfiguración del Señor. El relato según Evangelio según San Mateo (Mt 17,1-9).
Y uno podría preguntarse: ¿no estamos en tiempo penitencial? ¿No vamos camino a la Cruz? ¿Por qué entonces este destello de gloria?
Precisamente por eso.
La liturgia es madre y maestra. Sabe que estamos subiendo hacia Jerusalén con Jesús. Sabe que el camino de la Cuaresma es exigente: oración, ayuno, limosna. Sabe que hay podas. Y cuando uno poda una planta —ustedes lo saben bien— no es para dañarla, sino para que la savia no se disperse por las ramas, sino que vaya a lo esencial, al fruto. La Cuaresma es una poda de amor.
No es tristeza; es concentración del corazón en lo que verdaderamente importa: Cristo.
Días antes, en Cesarea de Filipo, Jesús había anunciado su Pasión. Los discípulos estaban confundidos, tristes. Y entonces Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan y los lleva a un monte alto —la tradición lo identifica con el Tabor, cerca del lago de Galilea— y allí se transfigura.
“Transfiguración” significa ir más allá de la figura. Es como si, por un instante, se descorriera el velo y ellos vieran quién es realmente Jesús: no solo el Maestro cansado, no solo el amigo cercano, sino el Hijo eterno, resplandeciente.
¿Para qué? Para que, cuando llegue el escándalo de la Cruz, no se derrumben. Para que recuerden que la Cruz no es el final.
Eso es clave para nosotros, aquí y ahora. Porque también nosotros vivimos momentos de Getsemaní: crisis familiares, incertidumbre económica, cansancio pastoral, problemas sociales que nos golpean. En nuestra Venezuela herida, muchas veces sentimos que todo es pérdida. Y el Señor hoy nos regala un Tabor: nos deja ver que la historia no termina en el dolor.
Pero hay algo más profundo todavía.
En el monte aparecen Moisés y Elías: la Ley y los Profetas. Es decir, toda la historia de Israel dialogando con Jesús. La vida cristiana no es solo norma —aunque la ley es importante— ni solo emoción o carisma —aunque la experiencia de Dios es esencial—. La vida cristiana es Cristo. Como decía Romano Guardini: lo esencial del cristianismo no es una idea, es una Persona.
Cristo es el centro. Cristo dialogando con la Ley. Cristo iluminando la profecía. Cristo revelándonos el rostro del Padre y dándonos el Espíritu.
Y en medio de esa gloria, Pedro exclama algo que debería salir también de nuestros labios: “Señor, ¡qué bien se está aquí!”. Esa es la experiencia cristiana auténtica. Cuando uno descubre que estar con Cristo no es una carga, sino la mayor alegría. Cuando uno puede decir: “¿A dónde iríamos, Señor?”. Como escribió Agustín de Hipona en sus Confesiones: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.
Mientras no descubramos esa alegría, la fe será solo obligación. Pero cuando uno prueba de verdad la presencia del Señor —en la Eucaristía, en la oración silenciosa, en la confesión, en el servicio al pobre— entonces entiende: “qué bien se está contigo”.
Y todavía hay un detalle precioso. Se oye la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo”.
En el Jordán —en lo más bajo geográficamente— se escuchó lo mismo. Y aquí, en lo alto del monte, también. En lo alto y en lo bajo, Dios dice lo mismo. En la gloria y en la humillación, la identidad de Jesús no cambia.
Y eso vale también para nosotros.
En el bautismo, hermanos, también sobre cada uno de nosotros el Padre pronunció esas palabras: “Tú eres mi hijo amado”. Aunque a veces pensemos que Dios apenas nos tolera. Aunque carguemos culpas o fracasos. Aunque el mundo nos etiquete. Nuestra identidad más profunda es ser hijos amados.
La Cuaresma entonces es volver a esa verdad. Subir al monte de la oración. Dejar que el ayuno pode nuestras distracciones. Practicar la limosna como corazón misericordioso —como enseñaban los Padres de la Iglesia—, no solo dar algo, sino darnos.
Y finalmente, entender que el cristiano está llamado a vivir en dos montes: el de la contemplación y el del sufrimiento humano. No podemos quedarnos en el Tabor. Hay que bajar. Pero se baja distinto cuando uno ha visto la gloria.
Por eso la Iglesia nos pone este Evangelio al inicio del camino. Para que no olvidemos hacia dónde vamos. Para que, en medio de la cruz, recordemos la luz. Para que, cuando la vida nos sacuda, podamos decir con esperanza: esto no termina aquí.
Hermanos, que en esta semana podamos repetir muchas veces en el corazón:
“Señor, qué bien se está contigo”.
Y que esa experiencia nos dé fuerza para seguir subiendo hacia la Pascua. Amén.