LA EPIFANÍA DEL SEÑOR 2026
Martes 06 / Ene
Mt 2, 1-12
La Epifanía del Señor
Hoy celebramos la solemnidad de la Epifanía del Señor, es decir, la manifestación de Jesucristo como Dios y Salvador para todos los pueblos. No solo para un grupo, no solo para Israel, sino para toda la humanidad, representada en esos tres Magos de Oriente que la tradición llama Melchor, Gaspar y Baltasar.
Ellos vienen de lejos, guiados por una estrella, buscando la verdad. Y al encontrar al Niño, dice el Evangelio, se postran y lo adoran. Reconocen en ese Niño frágil al Dios hecho hombre, algo que solo puede descubrirse con la luz del Espíritu Santo.
Le ofrecen oro, incienso y mirra:
– el oro, regalo para un rey;
– el incienso, ofrecido solo a Dios;
– y la mirra, que anuncia ya su pasión y su muerte.
Antes habían llegado los pastores, pobres y sencillos, que no tenían riquezas, pero ofrecieron lo que tenían: su fe, su trabajo, lo cotidiano de su vida. Y eso también agradó profundamente a Dios.
Y aquí viene la pregunta: ¿qué regalo espera hoy el Señor de nosotros?
Pocos meses después de su muerte, se conocieron las últimas palabras del Papa Benedicto XVI en su agonía, ya sin fuerzas, sin discursos, solo dijo: “Jesús, te quiero”.
Ese fue su verdadero testamento.
Eso es lo que Dios quiere escuchar de nuestro corazón: “Señor, te quiero”.
Como una madre se alegra más cuando su hijo le dice con verdad “te quiero”, que con cualquier regalo, así también Dios. Claro que el amor no puede quedarse solo en palabras: tiene que traducirse en obras, en gestos concretos de caridad. Pero un amor que no se dice, también se enfría.
Decirle a Jesús: “Te quiero, aunque sé que no te amo como debería, pero quiero quererte más”. Como decía san Agustín: querer amar, ya es amar.
El Evangelio de hoy también nos muestra tres maneras distintas de reaccionar ante la verdad.
Primero, Herodes. Conoce la verdad, la cree, pero la usa para hacer el mal. Su corazón está corrompido por el poder y el miedo. Utiliza la verdad para eliminar al otro. Cuidado: también nosotros podemos conocer la verdad del Evangelio y manipularla cuando no nos conviene.
Segundo, los sumos sacerdotes y escribas. Conocen perfectamente la Escritura, pero son indiferentes. No se mueven, no buscan, no adoran. Es una tentación muy actual: saber mucho de Dios, pero no comprometer la vida.
Y tercero, los Magos. No pertenecen al pueblo elegido, no conocen la Escritura, parten con desventaja… pero buscan con rectitud de corazón. Y quien busca a Dios con sinceridad, lo encuentra. Por eso, al final, se llenan de una alegría inmensa.
De aquí sacamos tres lecciones claras:
Quien busca a Dios con corazón sincero, lo encuentra.
No se puede amar lo que no se conoce: por eso es importante formarnos en la fe y conocer más a Jesucristo.
El conocimiento solo no basta: hay que dar el paso del amor, de las obras, del compromiso.
Pidámosle hoy al Señor, en esta fiesta de la Epifanía, que Cristo, luz del mundo, nos guíe como la estrella guió a los Magos, para que no solo conozcamos la verdad, sino que la vivamos y la amemos.
Y que nuestro mejor regalo hoy sea decirle, con humildad y verdad: “Señor, te quiero”.