IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO -Ciclo A- 2026
Mt 5, 1-12
¡Bienaventurados¡
Las Bienaventuranzas: la felicidad que no sale en redes
El Evangelio de hoy comienza con una escena muy sencilla: Jesús ve a la gente, sube a un cerro, se sienta… y la gente se le acerca. No hay micrófonos, no hay tarima, no hay protocolo. Hay gente cansada, con problemas, con ilusiones, como nosotros. Y Jesús abre la boca y empieza a hablar de felicidad.
Eso ya es llamativo, porque si Jesús caminara hoy por nuestros barrios y por nuestras avenidas, ¿qué oiría? Gente diciendo: “Padre, aquí no se vive”, “esto está duro”, “uno se mata trabajando y no alcanza”. Y en medio de ese panorama, Jesús dice: “Felices…”. No dice “resignados”, no dice “aguántense”, dice felices.
Pero cuando uno escucha a quiénes llama felices, uno se queda frío. Felices los pobres, los que lloran, los mansos, los perseguidos… Eso no sale en ninguna propaganda, ni en Instagram, ni en TikTok. El mundo dice: feliz el que tiene, el que manda, el que aplasta. Jesús dice: feliz el que confía en Dios y ama como Dios ama.
Jesús empieza hablando de los pobres de espíritu. No se refiere solo al que no tiene plata, sino al que no vive pegado a ella, al que no cree que la felicidad está en lo material. En la ciudad eso se nota mucho: gente endeudada para aparentar, gente viviendo estresada por tener más. El pobre de espíritu es el que puede decir: “no tengo mucho, pero no pierdo la paz ni la fe”. A ese, dice Jesús, le pertenece el Reino de los Cielos.
Después habla de los mansos. Y aquí hay que aclarar algo: manso no es bobo, ni dejado. Manso es el que no vive explotando de rabia, el que no responde con violencia, el que no se deja dominar por el odio. En una ciudad donde hay tanta agresividad, tanto insulto, tanta confrontación, ser manso es casi un acto de valentía cristiana.
Jesús también llama felices a los que lloran. No dice por qué lloran. Basta con que sufran. Y eso nos toca de cerca: madres angustiadas por sus hijos, abuelos solos, jóvenes sin oportunidades, gente que carga duelos silenciosos. Dios no es indiferente a esas lágrimas. Jesús promete consuelo, y ese consuelo llega, a veces aquí, y con seguridad en la vida eterna.
Luego habla de los que tienen hambre y sed de justicia. No solo de justicia social, que también es importante, sino de vivir rectamente, de hacer lo correcto aunque cueste. En un país donde a veces parece que el vivo vive del bobo, Jesús dice: feliz el que no se vende, el que no se corrompe, el que sigue siendo justo delante de Dios.
Habla también de los misericordiosos, los que saben perdonar, los que no viven cobrando facturas, los que ayudan sin humillar. En la ciudad, donde es tan fácil juzgar, criticar y cancelar al otro, Jesús dice: el que perdona, gana misericordia.
Y luego vienen los que trabajan por la paz. No los que solo se quejan, sino los que unen, los que bajan el tono, los que no andan sembrando chismes ni divisiones. Esos, dice Jesús, son hijos de Dios. Palabras mayores.
Finalmente, Jesús habla de los perseguidos. Los que son burlados, señalados o atacados por ser cristianos coherentes. Y aquí Jesús no dice “tengan paciencia”, dice: “alégrense”, porque así trataron a los profetas. Defender a Cristo nunca ha sido cómodo, pero siempre ha valido la pena.
Hermanos, las Bienaventuranzas no son una lista imposible. Son el estilo de vida de Jesús. Y al final todo se resume en una sola palabra: amor. Amor que comparte, que perdona, que no se rinde, que no se vende, que no abandona.
San Agustín lo dijo clarito: “Ama y haz lo que quieras”. Si amas como Cristo, no te vas a equivocar. Porque la verdadera felicidad no se compra, no se exhibe, no se presume. La verdadera felicidad se vive, se sufre, se ama… y nos espera en el cielo.
Que el Señor nos conceda vivir las Bienaventuranzas en medio de nuestra ciudad, con fe, con valentía y con amor. Amén.