III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO -Ciclo A- 2026

Domingo 25 / Ene
Mt 4, 12-23
«Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías»

Este año la Iglesia nos acompaña con el Evangelio según san Mateo.
Mateo escribe para una comunidad que conocía bien la Biblia, y por eso, cuando narra la vida de Jesús, va enlazándolo todo con el Antiguo Testamento, como diciendo: Dios no improvisa, Dios cumple su Palabra.

Y hoy esto cobra un significado especial, porque celebramos el Domingo de la Palabra de Dios, con un lema muy claro y exigente:
«Que la Palabra de Dios habite en ustedes con toda su riqueza».
Eso es exactamente lo que vemos en el Evangelio de hoy.

Mateo nos dice que Jesús deja Nazaret y se va a vivir a Cafarnaúm, en la región de Zabulón y Neftalí. Para nosotros esos nombres pueden sonar lejanos, pero para el pueblo judío eran tierras marcadas por el dolor, la violencia, el abandono. Lugares golpeados por invasiones, exilio, injusticia. Por eso el profeta Isaías las llama tierra de tinieblas y región de sombras de muerte.

Dicho en palabras de hoy: barrios olvidados, familias cansadas, calles donde la esperanza parece apagada.

Y es precisamente ahí donde Dios decide comenzar algo nuevo.
Isaías lo había anunciado:
«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz».
Esa luz no es una idea ni un discurso bonito.
Esa luz es Jesucristo, la Palabra hecha carne.

La Palabra de Dios no se quedó escrita en un libro antiguo: salió a caminar por nuestras calles, se fue a vivir donde la vida estaba más dura. Dios no empieza desde arriba, empieza desde abajo. Desde donde más se necesita la luz.

Y esa Palabra viva no solo ilumina: llama.
El Evangelio nos dice que Jesús llama a los primeros discípulos, y la respuesta es inmediata:
«Ellos, dejándolo todo, lo siguieron».
Aquí vale la pena preguntarnos: ¿qué significa hoy seguir a Jesús?
Porque todos nosotros, por el bautismo, somos seguidores del Señor.

Para entenderlo mejor, pensemos en una historia sencilla:
Tres canteros estaban picando piedra. Los tres hacían exactamente el mismo trabajo.
Al primero le preguntaron qué hacía y respondió cansado: “Aquí estoy, esperando que se acabe la jornada”.
El segundo dijo: “Estoy ganando el pan de mis hijos”.
El tercero, con una sonrisa, respondió: “Estoy ayudando a construir una catedral donde, durante siglos, la gente vendrá a celebrar la Eucaristía y a alabar a Dios”.
Los tres hacían lo mismo, pero solo uno era feliz.
¿Por qué?
Porque fue el único que supo darle sentido a lo que hacía.
Eso es lo que hace la fe.

Los cristianos vivimos en el mismo mundo que todos, hacemos los mismos trabajos, enfrentamos los mismos problemas.
La diferencia es esta: dejamos que la Palabra de Dios habite en nosotros y le dé sentido a nuestra vida.

Seguir a Jesús no es copiarlo externamente en todo.
No todos hacemos milagros.
No todos llevamos la misma vocación.
Pero todos estamos llamados a hacer la voluntad de Dios en nuestras circunstancias concretas.

Seguir a Jesús es hacernos una pregunta clave, con sinceridad:
¿Qué haría Jesús si estuviera en mi lugar?
San Pablo lo dice con una frase hermosa:
«Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús».
Eso no se logra de un día para otro. Es un camino de toda la vida:
un camino de conversión, donde vamos purificando el corazón,
y un camino de comunión, donde vamos asimilando los sentimientos de Jesús.

¿Y cómo se logra eso?
Con trato con Él.
Con oración.
Con la Palabra de Dios, especialmente los Evangelios.

Por eso este Domingo de la Palabra nos recuerda algo esencial:
la Biblia no es solo para escucharla ni para entronizarla.
La Palabra quiere vivir en nosotros, iluminar nuestras decisiones, nuestra manera de amar, de trabajar, de enfrentar los problemas.

Hoy hay mucha oscuridad: violencia, mentira, corrupción, egoísmo, desesperanza.
Pero la Palabra de Dios sigue viva.
Sigue llamando.
Sigue siendo luz.

Hermanos, que la Palabra de Dios habite en nosotros con toda su riqueza.
No a medias.
No solo los domingos.
No solo cuando nos conviene.
Y si dejamos que la Palabra viva en nosotros, entonces, como los primeros discípulos y como el cantero feliz, nuestra vida tendrá sentido y será luz para otros.
Que así sea.

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