II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

Domingo 04 / Ene
Jn 1, 1-18
«Los suyos no lo conocieron»

Si se han fijado, hoy hemos escuchado el mismo Evangelio que leímos el día de Navidad en la misa del día, y también el séptimo día de la Octava de Navidad.

No es casualidad. Cuando la Iglesia repite tanto un texto es porque quiere que entremos a fondo en este misterio.
Este Evangelio es profundo, quizá uno de los más difíciles, pero también uno de los más hermosos:
“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

En Navidad vimos dos perspectivas de Jesucristo, que no se contradicen, sino que se complementan.
En la Misa de Gallo, con el Evangelio de san Mateo, vimos la perspectiva humana:
el Niño en el pesebre, la pobreza del portal, la búsqueda de posada, los pastores.

Un Dios cercano, frágil, que entra en nuestra historia.
En cambio, en el Evangelio de san Juan, que escuchamos hoy, se nos presenta la perspectiva divina:
Jesús no comienza a existir en Belén.
Existía desde siempre.
No fue creado: es eterno, es Dios.

Como dijo una niña cuando le pregunté dónde estaba Jesús antes de nacer:
“En el cielo”.
Una respuesta sencilla… y totalmente correcta.

Y en medio de esta grandeza, el Evangelio nos lanza una frase dura:
“Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”.
San Juan lo dice de forma teológica; 
san Mateo lo cuenta de manera concreta:
no había posada para ellos.

Celebramos la Navidad con luces, comidas, regalos, fiestas…
pero la pregunta sigue siendo la misma:
¿lo hemos recibido de verdad?
Circula por ahí una carta atribuida a Jesús que dice:
“Celebraron mi cumpleaños, pero no me invitaron”.

Puede sonar fuerte, pero nos ayuda a examinarnos.
Ahora bien, el Evangelio no termina en negativo.
Dice algo hermoso y lleno de esperanza:
“A los que lo recibieron, les dio el poder de ser hijos de Dios”.
Siempre ha habido un grupo fiel:
en el Antiguo Testamento se llamaba el resto de Israel.
Hoy existen también:
yo los llamo los incondicionales del Señor.

Son ustedes:
los que vienen aunque llueva, haga frío o calor, o haya mil compromisos;
los que sostienen la vida de las comunidades y parroquias.
Gracias a ustedes la Iglesia está viva.
Por eso hoy no es para regañar, sino para dar gracias:
gracias al Señor por su fidelidad y gracias a ustedes por permanecer con Él.

Pidámosle al Señor que sigamos siendo
ese pequeño resto fiel,
esos incondicionales
que sí le abren la puerta
y lo reciben con alegría.
Que así sea.

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